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Purgatorio: la distopía conquense que destripa la "telementira"

Que tire la primera piedra el afortunado que no haya sido abducido jamás por cualquier formato de telerrealidad aun sabiendo que estos se caracterizan por la ausencia de pregnancia, por la creación de un mundo paralelo, estereotipado y previamente preparado con total consciencia y astucia.

Mi piedra sigue sin tocar el suelo y reflexiono sobre el porqué de encontrarme frente a un televisor que, lejos de ser el fiel reflejo de la sociedad, escenifica un teatro perfectamente armonizado.Este llega cargado de clichés, de personajes (que no personas) con actuaciones dignas de premiar y de tramas novelescas. Fue leyendoPurgatorio, la novela del escritor y periodista conquense Alberto Val, cuando me di cuenta del error.Cada vez que alguien sintoniza con formatos que fomentan la manipulación a través de imágenes entrecortadas y que premian el enfrentamiento voceado antesque hablado, se convierte en un cómplice inconsciente y, a la vez, en un juez con un falso poder de decisión.

Val da un paso al frente en la novela distópica al proponernos un reality que toma elementos de formatos conocidos y de otros inventados por el propio autor donde, lejos de premiarse la autenticidad y la verdad, se alza el espectáculo por encima de todo. Amparado en la máxima napoleónica, maquiavélica o de Busenbaum de “el fin justifica los medios”, Val nos presenta Purgatorio, un programa donde la muerte es el destino para todos sus concursantes, excepto para uno de ellos: el ganador. La ausencia de escrúpulos será su mayor aliado y la astucia y la estrategia sus mejores armas.

Los concursantes, lejos de ser compañeros de un viaje lleno de turbulencias, son rivales en busca de una libertad ansiada a la vez que desdichada. Purgatorio es un lugar ingrato para los rebeldes. “¡Sois unos impresentables! No pienso mover ni un dedo para daros el gustazo a ti y a tu asqueroso público”, se atrevió a afirmar un concursante. Sin embargo, de poco le sirvió arremeter contra la audiencia aliada con los productores invisibles que conocen cuál es el motor que genera share a golpe de mando y televisor: el morbo. “Eso es lo que mueve a la gente. Lo malo es que el morbo se normaliza y siempre se necesitan cosas nuevas”.

Otra de sus armas más preciadas es la distorsión del concepto de diversión. Se esconden tras la falsa ilusión de la risa espontánea para camuflar su aparato de control. La crítica llega no por querer ofrecer un producto basado en el humor o la diversión, sino por hacerlo de manera estereotipada y repetida. ¿Es el concepto de diversión real lo que nos ofrece un programa de telerrealidad que incita a la violencia, la competitividad atroz y el odio? La diversión no duele. Observar la vida de otras personas que sufren más que nosotros alivia nuestras cargas laborales, sentimentales, personales... La diversión que nos ofrecen no nos proporciona una liberación de los problemas que tenemos, sino una alienación de nuestra posición como ciudadanos críticos.

Mientras nos convertimos en falsos inquisidores con nuestros votos, mientras nos sentimos poderosos cuando escogemos quién continúa en el programa y a quién desterramos de la aventura, se tienen en cuenta diversos argumentos para esgrimir nuestro papel de emperadores justicieros. Que si la autenticidad de los personajes, que si la cultura del esfuerzo, que si la evolución de estos, que si su valentía, su garra su fuerza… Nada de esto responde a los parámetros que utilizan los formatos para enganchar a sus fieles viewers. Ellos emplean dos herramientas infalibles. “A veces nos empeñamos en considerar a los telespectadores como personas muy inteligentes (…) y la realidad es que siempre sucumben a los instintos animales más básicos: sexo y violencia”.

Cuando altavoces sociales como la televisión dejan de pertenecer al pueblo democrático para pasar a las manos de los poderes interesados, la sombra de la manipulación planea sobre una sociedad que sufre el llamado poder blando. El espectador ya no puede fiarse de lo que se le cuenta en estos medios ya que no se muestra una visión fidedigna de la realidad, sino depurada a través de un filtro carente de crítica y controversia.Para justificar este tipo de formatos de copia- pega, se amparan en las cifras de audiencia, en la supuesta demanda creada por ellos mismos en el público.

En Purgatorio, el rostro visible de esa audiencia desalmada y ensimismada en premiar lo correcto se llama Philip Julius Spencer. Él prefiere erigirse como presentador, cuando lo cierto es que se identifica con el conductor de un teatro manipulado en vivo que busca la muerte como máxima expresión del absurdo y lo grotesco.

Ni qué decir tiene la idea de que con sus intervenciones condiciona las decisiones de la audiencia. El concursante rebelde será caricaturizado hasta el extremo, llevándolo hasta los límites punibles y dignos de expulsión. Sin embargo, el candidato obediente según las normas que rigen el programa recibirá palabras aduladoras por parte del presentador.Esto se traducirá en apoyo de la audiencia y el programa lo convertirá “en una dulce mariposa que empezó siendo un triste gusano”.

Si el amor mueve montañas, el morbo y el dinero mueven el mundo. Aunque lo que deberían remover son las conciencias de todos aquellos que nos deleitamos con el sufrimiento ajeno, que identificamos los perfiles estereotipados que nos pretenden vender y que, sin saber por qué, los compramos y adoramos. Alberto Val nos aporta en Purgatorio las claves necesarias para entender los motivos por los que la telerrealidad es una telementira.Esta se disfraza de autenticidad que nos atrapa en un mundo donde el sufrimiento ajeno se convierte en dopamina necesaria para proporcionarnos una gratificación instantánea.

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