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Vivir dos veces: el privilegio del olvido

Después de tantos meses sin pasarme por aquí, regreso para recomendaros una película navideña para poder disfrutar en familia en estas fechas tan señaladas: Vivir dos Veces. Ahí va una pequeña reseña, espero que os guste.

Vivir dos veces reitera y confirma que la vida es la encargada de crear y borrar recuerdos dulces y amargos con el paso del tiempo como fiel escudero y una enfermedad sin cura como ruin aliada. Con la incertidumbre de cuándo llegará el olvido, la película nos presenta a Emilio, un profesor de matemáticas que, pese a estar jubilado, continúa absorto en el abismo de los números resolviendo problemas y creando “cajas de números”, sudokus que inventa para combatir el tedio. El actor argentino Óscar Martínez consigue hacer reír casi sin esbozar una sonrisa representando el papel del típico (que no tópico) abuelo de familia inexpresivo y desapegado de sus allegados en particular y de la sociedad en general. Será su hija Julia la única que le tienda la mano al conocer el diagnóstico de su padre: un Alzheimer silencioso que se manifiesta paulatinamente sin que Emilio pueda casi darse cuenta.

Es precisamente la forma de tratar el Alzheimer y el clima familiar que dibuja la obra lo que explica que la película, disponible en Netflix, se haya proyectado en el Festival de Cine Social de Castilla-La Mancha 2021. La Casa de la Cultura del municipio conquense de Villar de Olalla acogió con inquietud la proyección. Juan José Alfaro Olmedilla, director de la biblioteca local y organizador del acto, destacó que “Vivir dos veces habla de un tema delicado, pero lo hace desde la esperanza, no desde la tristeza, entremezclando además momentos muy cómicos”. Por otra parte, el director del festival, Tito Cañada, introdujo la película a los asistentes haciendo hincapié en las asperezas de la vida, “que va pasando y lo hace precisamente pasando factura. Aunque en este caso, además, lo representa de una manera muy entrañable y agradable”.

La vorágine de una enfermedad sin cura se apodera de la hambruna amorosa de Emilio en un formato que aglutina ante el televisor a toda la familia, presentando “una comedia dramática para los tiempos que corren y sobre los tiempos que corren”, tal como recalca el crítico de El País Javier Ocaña. Pese a contar con una Inma Cuesta versátil en el papel de madre, hija y esposa perfeccionista, aunque caótica, esta vez comparte protagonismo interpretativo con Óscar y, sobre todo, con la joven Mafalda Carbonell, intrépida y reveladora encarnando a Blanca en su debut en la gran pantalla. La nieta de Emilio aporta la frescura y la naturalidad de la niñez, más que necesarias para sostener una trama cómica junto a su abuelo.

Será la tecnología que Blanca maneja y Emilio repudia la encargada de guiarlos en una aventura sin precedentes: un viaje rumbo hacia el hogar del único amor de Emilio: su querida Margarita. El teléfono móvil deja de ser el enemigo del catedrático y se convierte en su mejor aliado para rencontrarse, antes de olvidarse, con la historia de amor que fraguó en aquellos veranos en los que la lógica matemática de él y la frescura literaria de ella se transformaron en dos almas antagónicas incapaces de cruzar sus caminos. La brecha generacional entre nieta y abuelo crea una sinergia de intercambios lingüísticos, culturales y sociales que parecen más alejados de lo que realmente se encuentran, como acabarán plasmando en una relación que viaja desde la más absoluta frialdad hacia el amor, la ternura y el añoro de lo que Blanca y Emilio consiguieron juntos.

La película se inyecta en un círculo infinito que empezó a coserse con un diagnóstico demoledor, continuó tejiéndose con una historia de amor verdadero y siguió zurciendo una obra cargada de valores inclusivos, humor agradable y la crudeza propia de una enfermedad implacable. El guion original de María Mínguez navega entre la comedia y el drama en un mar de risas y lágrimas. La directora María Ripoll ha sabido plasmar cada gota como capitana de un barco que ha comandado hasta conseguir 21 candidaturas en los Premios Goya 2020 y una nominación a los Premios Forqué en la categoría de Cine y Educación en Valores. De la guionista novel María Mínguez, Javier Ocaña destaca que “tampoco inventa nada en la estructura general de su narración ni en las peculiaridades habituales de las road movies, y esta lo es. Pero hay abundancia de temas, y eso es muy bueno”, pues además sabe plasmar las fases de una enfermedad que acecha sin tregua.

La crítica se deshace en halagos con Ripoll por su versátil trayectoria, en la que destacan títulos taquilleros como Ahora o Nunca o No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. “Estamos ante una cineasta elegante, que domina los códigos de los géneros”, reconoce el crítico de Fotogramas Mirito Torreiro, que también la considera una “buena directora de actores competentemente profesional (algo que no abunda, dicho rápido)”. Se erige como la encargada de convertir las lagunas del recuerdo en armas de destrucción no solo de la memoria, sino del alma.

El miedo al olvido hará florecer en Emilio la llama de la vida y del amor, antes adormecida, siendo el paradójico pavor por borrar de su cabeza lo que le dicta el corazón lo que le embarcará en su primera y última locura. El vertiginoso paso del tiempo y la larga sombra que ennegrece el futuro de Emilio le harán adentrarse sin titubeos en un periplo destartalado junto a su nieta, al que no tardarán en incorporarse Julia y su marido. Con una familia desestructurada pero unida al volante, intentarán encontrar a Margarita antes de que Emilio se desprenda incluso de sus pensamientos más arraigados.

Mientras la memoria le impedirá vivir dos veces, su empedernido amor por Margarita le posibilitará volver a disfrutar de una vida nueva aunque con ya parte de sus recuerdos mermados. Y es que aquel profesor de matemáticas ensimismado en sus cálculos podrá olvidarse de sumar y de restar, pero no de amar.

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