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No, no eras tú el loco

En el mundo, quien más o quien menos tiene problemas. Algunos asfixiantes, otros ridículos, y ante ellos existen dos tipos de personas: las que no hallan el camino de salida y las que si no encuentran dicho camino, lo dibujan o se lo inventan. El caso es que todos tenemos claro que tomando una actitud pasiva y de brazos cruzados no se van a resolver solos, ¿verdad?

Son muchas las vías de escape que el ser humano toma con tal de no enfrentarse a ellos, a veces porque en un momento dado no puede, pero en otros casos es sencillamente porque no quiere y se deja llevar por el bienestar de la distracción fácil, mucho más cómodo que pensar en cómo resolver sus vidas, claro, dónde va a parar.

Uno de los caminos más fáciles lo tenemos en nuestra propia casa y delante de nuestro sofá. Pulsamos un botoncito y, ¡boom!, de la nada y como dioses aparecen personajes con dentaduras bañadas en blanco nuclear que pulen pieza a pieza gracias a cada minuto del tiempo que los espectadores pierden en sus vidas por verlos ladrar, y con cada ladrido ensordecedor del personaje que adoran encuentran la cura y la distracción perfecta a sus males.

La televisión se convierte en un mundo de ensueño donde no se llega a discernir lo ficticio de loexistente, y el espectador queda adormecido entre una nube de opio creyendo formar parte del espectáculo hasta que en ocasiones al más puro estilo del largometraje Réquiem por un sueño pierden el contacto con la realidad.

Existen programas que se inyectan en la mente del espectador y arrasan con sus neuronas como un huracán infalible a base de aluviones promocionales y hartazgo.

Los espectadores que llegan a este punto se sienten menos desdichados alimentando su ego con desgracias ajenas y acompañando su soledad observando las lágrimas ficticias (o reales) provocadas por un presentador con un cociente intelectual infinitamente superior a todos sus invitados y espectadores juntos, mientras muy sutilmente e interpretando el papelón de buen samaritano le recordará al invitado una muerte atroz de algún familiar para que se derramen esas preciadas gotas en su rostro, que disparan los niveles de audiencia traduciéndolas en miles de euros; claro, ha de hacerlo, recordemos que sus dentaduras no se mantienen solas.

Cuanto más discutan, cuanto más se peleen, cuantos más altos sean los gritos, más se silencia la mente del espectador, la medicina ideal para no escuchar la voz interior de uno mismo y de este modo su vida se alimenta de un penoso soplo tranquilizante.

Diana fácil son los más jóvenes. En una determinada edad es común buscar referentes fuera de casa, paliando así la incomprensión que en ese momento creen sentir por parte de sus padres o educadores.

Por ello, buscan espejos en los que mirarse, a veces a golpe de mando a distancia. Todo lo que hace o dice la persona a la que admiran la interiorizan de una forma voraz

En esta vida nadie te regala nada

Afortunados aquellos que sientan una fuerte conexión al encender el televisor y se topen con algún cantante, deportista, escritor, actor o cocinero (por poner algunos ejemplos) que les haga saber que nadie en esta vida te regala nada, que nadie es más que nadie, que cuando quieres algo, tienes que perseguirlo con disciplina, constancia y paciencia, que hay que ser leal con uno mismo y que la dignidad está por encima de muchas cosas, que la pasión por lo que uno hace es la clave del éxito o que el ego hay que dejarlo guardado en el cajón para sacar a flote la humildad. Pienso que son factores fundamentales para que la persona consiga una sólida autorrealización y camine hacia una sociedad hermanada.

Pero pobres los que se encuentren con esa clase de personajillos que estamos cansados de ver, puesto que adquieren una fama ridícula e inmerecida y se jactan de recibir cuantiosas cantidades de dinero a cambio de contar sus miserias, intimidades, invenciones o simplemente por enseñar los calzoncillos en televisión. Personajes mitificados almáximo sin coherencia alguna.

El mensaje que pueden interpretar nuestros jóvenes es que para qué han de esforzarse cuando desviándose por ese camino tan fácil pueden adquirir todas las cosas materiales con las que han soñado, mostrándole al mundo lo lejos que han llegado que «hasta salen en televisión», llevan megacoches deportivos, escriben libros o hacen cameos en las películas más taquilleras del país sin percatarse de que, como decía Kant, la fama por la fama, sin un verdadero fin o merecida, carece totalmente de valor.

No existe el límite y vemos cómo alegres jovenzuelos o jovenzuelas se embarazan conscientemente del hijo o hija de la folclórica de turno, asegurándose con ello popularidad y dinero, vendiendo cada pasito de vida de esa pobre criatura nacida del egoísmo y mercantilismo más repugnante.

Mensajes de odio, egoísmo, narcisismo, pisar al de al lado para subir más alto, la continua lucha por pretender ser querido o admirado, matones de discoteca y muñequitas que se tratan mutuamente como a ganado. Basura que se introduce como un veneno letal en la cabeza de nuestros jóvenes, modelando así una futura sociedad más precaria y enferma si cabe, donde se inculcan valores opuestos a lo que una sociedad sana y equilibrada debería tener para buscar una felicidad real y palpable.

Idiotez generalizada que nos impide avanzar porque no olvidemos que en la televisión también va implícita el tipo de educación informal.

Mucha gente se va por este camino porque no conoce otro, porque la cultura y los valores están de capa caída. Y no se trata de estar todo el día con un libro en la mano, no, se trata de despojarse de las tontunerías y la superficialidad más nauseabunda, dándole cabida a la gente que puede construir un mundo mejor con una firme sabiduría. La ignorancia es una de las peores enemigas del ser humano y deshaciéndonos de ella conseguiremos pensar por nosotros mismos, siendo así menos manipulables sin elementos hipnóticos que merman nuestra inteligencia y razonamiento.

Tampoco se trata de imponerle nada a nadie, cada uno es libre de escoger el camino que quiere tomar, pero al menos, los que andemos más despiertos tenemos el deber moral de ofrecerles otras opciones a los que anden en un profundo letargo.

Un día en mi adolescencia, mi padre me comentó algo parecido a esto a colación de un programa de corazón que estaban emitiendo en el restaurante en el que nos encontrábamos. Él comenzó a soltar su discurso en forma de crítica, los de la mesa de al lado lo escucharon, a lo que uno de ellos murmuró: «Ese tío está loco»; yo lo escuché, mi padre lo escuchó, me miró y me dijo: «¿Soy yo el loco o es que el mundo está loco?». En ese momento, agaché la cabeza avergonzada porque por aquella época me invadía la tontunería a mí también, pero hoy puedo decirte con la cabeza alta: «No, papá, no eras tú el loco…».

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