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En busca de la felicidad

José lo tenía todo en esta vida, o al menos él lo pensaba así. Vivía en una pequeña y remota aldea de eso que hoy en día llamamos la España vaciada.

Desde muy joven lo único casi que había hecho en su corta existencia era trabajar. Desde que acabó la escuela se dedicó por entero a las labores agrícolas y ganaderas con su padre.

En el pueblo tenía una medio novieta, Ana, una muchacha muy agradable, dos años más joven que él y con la que esperaba llegar algún día a algo. Ese algo para José era el matrimonio, pues había sido educado en la tradición y no se planteaba la vida de otra manera. Por supuesto, también el tener su propio hogar, con unos cuantos hijos.

Su existencia discurría monótona, tranquila, sin sobresaltos, rodeado de sus seres queridos, sus padres y Ana, pues no tenía hermanos.

El día que cumplió los veinte años, justo ese día, durante la cena y mientras veían el telediario que les informaba de todas las tragedias cotidianas y que a ellos se les hacían tan lejanas, porque en su aldea nunca pasaba nada extraordinario, José dio la noticia a sus padres; tenía intención de abandonar el pueblo, quería ir en busca de la felicidad. Sus padres se miraron extrañados y le preguntaron qué motivo tenía para irse de allí. Él les respondió que creía que había llegado la hora de buscar algo más, que la vida se vive una vez solamente y que debía partir con ese objetivo.

Los padres pensaron que con el tiempo se le pasaría la idea, pero al contrario, esta cobraba cada vez más fuerza en el pensamiento de José.

Por fin un día, esperado ya por los padres viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos, el muchacho preparó unas pocas cosas y se dispuso a marchar a buscar la felicidad por el mundo.

Su padre, que tantos y buenos consejos le había dado en la vida lo llamó aparte, le puso la mano en el hombro y le dijo: "hijo, toma esta media moneda, allá donde encuentres la otra mitad, justamente en ese lugar, hallarás la felicidad, que tanto ansías". José miró la moneda, se extrañó, ya que nunca había visto una igual, y se quedó pensando esperanzado en las palabras de su padre, pues era la persona que más y mejor le había hablado en esta vida. Después, sin poder evitar emocionarse, se despidió de su madre, la persona que más lo había querido hasta entonces y también a la que más había querido él. Al marchar vio unas lágrimas en el rostro de su madre que casi le hacen desistir de su idea, pero decidió seguir el camino que había deseado emprender.

Por último fue a casa de Ana y le contó lo que iba a hacer. Más o menos la había estado preparando últimamente para que se hiciese a la idea, pero ella siempre pensó que eran locuras que le daban por pensar a José. Ana intentó hasta el último momento hacerle cambiar de idea: "José, eres un irresponsable, tus padres ya están mayores, el viejo ya no está para ocuparse solo de las labores del campo, tiene reuma ya lo sabes, y tu madre también está mayor. ¿Qué va a ser de ellos? Y yo, ¿No has pensado en mí? ¿Qué es eso de que vas en busca de la felicidad? ¿Es que te falta algo aquí?". En vano intentó hacerle cambiar de idea, José ya lo había decidido y no estaba dispuesto a rectificar, bastante le costó dar el primer paso, el de salir de su casa viendo la cara de sus padres, como echarse ahora atrás. Estaba seguro de que la felicidad estaba en otro sitio y más ahora que su padre le había dado esa enigmática moneda.

La vida fue pasando para José. Visitó ciudades, lugares remotos, diferentes países. Como era una persona muy trabajadora no tuvo problemas en adaptarse a ningún sitio y siempre lograba colocarse en algo para subsistir, estaba hecho al trabajo duro y nunca tuvo problemas en ese sentido.

Pasó el tiempo, había recorrido mucho mundo pero no había dado con la otra mitad de la moneda que su padre le había proporcionado. Un día recibió una carta de su madre. El texto era escueto pero claro: "José, hijo, ven pronto, tu padre se está muriendo". José regresó de inmediato a su lugar de origen, pero cuando llegó ya era tarde, hacía dos días que habían dado tierra a su padre. Se dirigió a su casa; casi no la reconocía, las huellas del paso del tiempo habían hecho mella en ella. Entró y vio a su madre sentada junto a la vieja estufa de leña. En cuanto lo vio, su madre se levantó torpemente de la silla, se abrazó a él y le dijo: "te estuvo esperando hasta el último momento". José se quedó callado, no sabía qué decir. Se sentó junto a su madre y se quedaron durante un rato totalmente callados, con las manos cogidas.

Por la noche durante la cena la madre preguntó a José qué pensaba hacer. Él le dijo que todavía no había terminado lo que empezó. Mientras comían José le preguntó a su madre por Ana. Ella le contó que Ana se había ido hacía más de un año a la ciudad a servir a una casa de unos señores ricos. Le dijo que ella lo había estado esperando durante mucho tiempo, pero que como él no daba señales de querer volver, se fue en busca de una vida mejor para ella también. José se quedó triste y pensativo y lo único que acertó a decir fue: "normal, si es normal lo que ha hecho".

Al cabo de unos días José decidió seguir su camino en busca de la felicidad. Su madre, ya muy mayor, se quedó sola en el pueblo, pues no quería ni por nada ir a la ciudad a un asilo, había vivido toda su vida allí y allí deseaba acabar sus días. José se marchó triste pero le aseguró que no tardaría en volver, que estaba seguro de que pronto hallaría lo que buscaba.

Así fue pasando el tiempo, siguió recorriendo mundo y conociendo otros lugares y otras personas, pero no había ni la más mínima señal de la otra mitad de la moneda que su padre le había dado.

Pasados unos años sintió una corazonada; algo le decía que debía volver a su pueblo. Inmediatamente se puso en marcha y emprendió el camino de regreso, dejando todo lo que tenía. Cuando llegó a su pueblo se dirigió a su casa, pero estaba cerrada y allí no había nadie. Se puso nervioso y fue a casa de un vecino con el que sus padres tenían muy buena relación. El buen hombre le abrió la puerta y le contó que su madre estaba en la ciudad, se la habían tenido que llevar al hospital porque su estado de salud estaba ya muy deteriorado. José, sin perder ni un solo segundo, marchó a la ciudad. Esperaba no llegar tarde como cuando pasó lo de su padre.

Llegó al hospital y buscó a su madre. Al llegar a la habitación y ponerse a los pies de la cama, vio que el tiempo había pasado muy deprisa. El rostro de su madre denotaba claramente el paso del tiempo. Ella lo miró y le sonrió. "José, hijo, ahora ya me puedo morir tranquila". José le cogió la mano y no dijo nada. Las palabras nunca se le habían dado bien, pero su madre lo entendía perfectamente.

Los días pasaban y el estado de salud de su madre era cada vez peor, que en vista de lo precario de su salud era tal vez lo mejor.

José no se fue del hospital en todos esos días. Aquella mañana el notó que el rostro de su madre ya reflejaba que su vida se apagaba, llegaba ya al final. La madre le hizo una seña para que se acercara, José le pegó su cara, porque ella hablaba con un hilo de voz apenas audible: "José todo lo que me queda en esta vida es nuestra vieja casa y una caja que dejé encima de la mesa del comedor. Todo es tuyo". Al cabo de unas horas la madre falleció. José decidió que tenía que llevarla a enterrar al pueblo, junto a su padre, y así lo hizo.

Antes de volver a emprender el camino José decidió ir a su casa. Abrió con la llave que su madre le había dejado, entró a ver como estaba y vio encima de la mesa una caja de zapatos, la caja que su madre le había mencionado poco antes de morir. Se quedó mirando la caja y la abrió; tenía varias fotos, unas cuantas de cuando él era pequeño, con sus padres, otras de sus padres, algunas más de su época de joven, con amigos del pueblo y otra suya con Ana, qué guapa estaba Ana pensó. También había algunas cartas que su padre le había escrito antes de morir y que, por lo visto, no le había enviado, unos recuerdos familiares, los carnés de identidad de sus padres... Cuando iba a cerrar la caja se dio cuenta de que en el fondo había algo, lo cogió. Era la otra mitad de la moneda que su padre le había entregado antes de que se fuera a buscar la felicidad.

Los ojos de José se llenaron de lágrimas. Había buscado la felicidad tan lejos, cuando en realidad la tenía tan cerca.

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