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Cuenca, descolgada

Lorena Mayordomo

Pasarán meses (esperemos que no sean años), hasta que volvamos a pisar la piedra de la subida (o bajada) a las Casas Colgadas de Cuenca. Todos los accesos al edificio más icónico de la ciudad están ya cerrados. La prensa fue ayer de las últimas en atravesar el puente de San Pablo para inmortalizar desde cerca el derrumbe de parte del muro de la calle Canónigos, una de las imágenes más tristes que ha trasladado al resto de España una ciudad Patrimonio de la Humanidad.

La fotografía de un desplome, de una desidia, de un ocaso, de una pelota de un tejado a otro. De un acceso lleno de grietas, fisuras, socavones y humedades al que no se ha dado una solución solvente en las últimas legislaturas pero que marcará seguro el curso de la actual. La crónica de un colapso anunciado bendecido por la hora del almuerzo. No hubo víctimas. El rojo de la suerte acompañó a los operarios.

Hace un siglo, “El correo católico” ya recogió un desplome similar en ese punto. Hace 119 años que se pidieron responsabilidades. Cuenca vuelve a estar en ese momento, mirando de reojo la estructura del puente de San Pablo y las traseras de la Catedral; preguntándose en qué mejor que en esto se podrían haber gasto los millones y millones de euros que gestiona el Consorcio Ciudad de Cuenca desde su constitución en 2004. A ese acto vino el ahora rey emérito y Zapatero.

De esos días que nunca se olvidan como tampoco el 12 de mayo, Santo Domingo de la Calzada, patrón de los ingenieros de caminos. No sólo porque Pablo Iglesias se cortó la coleta, sino porque la casualidad quiso que los periodistas viviéramos en directo lo ocurrido desde el Parador de Turismo, donde a esa hora se presentaba la iniciativa empresarial “Donde nacen los sabores”. Más que amargo el que nos deja contar ese desplome en esta zona monumental de la ciudad que abrazaba la esperanza a las puertas del verano, sin perímetros, sin alarmas y con los hoteles de nuevo con reservas.

Mientras deciden si nos suben en escaleras mecánicas o ascensores, la realidad deja a Cuenca descolgada y nos arrastra por los suelos del abandono. Lo urgente no deja tiempo para lo importante.

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