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Fotografía de Sara Ayllón
Fotografía de Sara Ayllón

Pinceladas de tinta

Nuestra colaboradora Lucía Álvaro Burgos nos habla de los pregones de la Semana Santa, un recorrido a lo largo de su historia dentro de la semana santa de Cuenca, de su importante función a la hora de evocar sentimientos en los oyentes

Actualizado: 22/2/2021 16:52 - Lucía Álvaro Burgos
Actualizado: 22/2/2021 16:52 - Lucía Álvaro Burgos

La palabra es perenne, sentenciadora y poderosa. Pronunciarla representa un acto de fe, significa tener el poder de determinar cómo calará en quien nos escuche. Hace setenta y seis años que las palabras marcan el inicio de la semana sacra porque comprendimos que necesitamos un acto de fe que nos transporte a nuestros recuerdos y nos prepare para lo que está por venir. La Semana Santa tiene tantos enfoques como miradas que la contemplan y es curioso como, aunque los ángulos son muchos y diversos, siempre logran evocar algún momento propio y rescatarlo de las garras del olvido.

Aquella Cuenca humilde que vio renacer la Semana Santa en 1940, encontró en las voces de Federico Muelas y Enrique Domínguez Millán un mensaje evocador que despertaba fervor en los corazones de los conquenses mientras exportaba y popularizaba la Jerusalén castellana por todo el país gracias a la emisión de los primeros pregones entre 1945-1951 por Radio Nacional de España y la Emisora SEU.

Dada la popularidad que alcanzaba el acto en 1950, año en el que hubo tres pregones elaborados por Federico Muelas, Enrique Domínguez Millán y Emilio Recuenco Briones, el acto se oficializó como precursor de la Semana Santa en 1952, año en el que estuvo a cargo del Canónigo Magistral Aristeo del Rey Palomero junto a Federico Muelas de manera improvisada, debido a que Demetrio Castro Villacañas, quien había sido designado pregonero de aquel año, enfermó. Castro Villacañas realizaría su pregón finalmente un año después, en 1953.

A partir del año 1954, los pregoneros se hicieron eco de su visión de la Semana Santa con público, siendo Jesús Suevos Fernández, el primero en propugnar un pregón de manera más o menos similar a lo que conocemos hoy en día, sin embargo, su escenario no era un templo u otro lugar relevante para nuestra semana grande, sino que se reunían en los cines de la capital, cosa que el Obispado no veía con buenos ojos. Desde 1955 hasta 1960, Gabriel Juliá Andreu, Fortunato Martínez Patiño, Ismael Medina Cruz y Andrés Gallardo Bernal y, de nuevo Aristeo Rey Palomero y Enrique Domínguez Millán volvieron a retransmitir vía radiofónica sus visiones de la Semana Santa.

Federico Muelas en 1961, Aristeo del Rey Palomero en 1962 y Demetrio Castro Villacañas en 1963 repetirían de nuevo como pregoneros, siendo Pedro de Lorenzo Morales y Luis Morales Oliver los dos rostros nuevos en 1964 y 1965 respectivamente. En 1966 el pregón cambiaría de ubicación a la Casa de La Cultura, donde los pregoneros desde Clementino Sanz y Díaz en aquel mismo año hasta José Luis Paz Maroto en 1979, se dirigirían a los nazarenos conquenses cada Viernes de Dolores. En 1971 Acacia Uceta, esposa del también pregonero Enrique Domínguez Millán, fue la primera mujer en ser pregonera de la Semana Santa de Cuenca, hecho que no se repetiría hasta 1991 cuando pregonase Julia Sarro.

La Iglesia de San Miguel pasaría a ser el hogar del pregón en 1980, donde Ángel Martínez Soriano, Alejandro de la Cruz Ortiz y Paloma Gómez Borrero entre otros darían comienzo a la Semana Santa, a excepción de 1997, año en que José Guerra Campos pronunció su discurso en el Teatro Auditorio de Cuenca, lugar que en 2019 se convirtió en el nuevo hogar del pregón de la Semana Santa de Cuenca.

Nuestros pregoneros han sido muy diferentes, pero todos ellos aportaron mejoras a nuestra ciudad, a nivel cultural como Ángel Martínez Soriano, que dedicó buena parte de su vida a la celebración de la Semana Santa desempeñando varios cargos en la Junta de Cofradías, además de la publicación “Pinceladas Históricas de las Cofradías de la Semana Santa de Cuenca” (1981), Federico Muelas, el poeta que pintó su amada Cuenca en sus versos o Dimas Pérez, que consagró su vida a la investigación de la historia de la ciudad, produciendo unos volúmenes de valor incalculable sobre la historia de la Inquisición en Cuenca.

En este año de añoranza, de pérdida, es tiempo de recordar a esos heraldos de la Semana Santa y homenajear a todos los que nos acompañarán en las filas del cielo, para ellos, hemos redactado este “Pregón de la Semana Santa de Cuenca 2021” en el que hemos unido muchos de los pregones que nos han acompañado en estos setenta y seis años de historia. Como anotaba Enrique Domínguez Millán en su poemario Barrio Alto, “más allá de mis párpados alienta el misterio andador de un nazareno”, que la luz de nuestra tulipa nunca se apague y mantengamos a pesar de las circunstancias el sentimiento nazareno.

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE CUENCA 2021”

Desde la entraña de Cuenca (Federico Muelas) ya se pueblan las calles con el andar devoto, tosca túnica y embiesto capuz de los severos penitentes (Domínguez Millán). Entre los olivos rezadores del huerto de Getsemaní se ha oído el chasquido brutal de un beso traidor. Los ramos han dado espinas, y enlazándose se han convertido en un leño que tiene los brazos abiertos en cruz (Aristeo del Rey Palomero). Ahora, cuando la hierba se alza tímidamente, verdecida por la recién estrenada primavera, en las riberas del Júcar y del Huécar; ahora cuando del pinar viene un suave olor de resinas, un aroma de nuevas agujas apuntando sus brotes apasionados e impacientes; cuando la luna busca el arco de su plenitud, Cuenca, mi ciudad, Cuenca, mi provincia, prepara los pasos de su Semana Santa para la sublime ofrenda de sus desfiles procesionales (Demetrio Castro Villacañas).

Cuenca es una ciudad hecha para entender mejor las amarguras del huerto de los olivos […]y vivir con más intensidad los Viernes Santos […]; toda la ciudad, con sus repechos, sus cuestas arriba, es como un Calvario gigantesco, un supremo Gólgota clavado en medio de España (Jesús Suevos Fernández). Y por las calles de esta ciudad de Cuenca, por las plazoletas más humildes, por las cuestas más empinadas, entre el crujir de los banzos y el golpear de las horquillas contra el empedrado, entre el olor de la cera y el incienso se oirá (Gabriel Juliá Andreu) en un silencio limpio de cristal cómo el rumor de los ríos e hace presente con unción de plegaria y cómo las verdes y dulces aguas del Júcar recogen la imagen de la ciudad dolorida y la llevan a los pies de la Señora de las Angustias (Fortunato Martínez Patiño). Aquel río es reflejo de este, nuestro Júcar alado que, desde su cauce, eleva su espíritu por esa Puerta de San Juan hacia El Salvador (Miguel Romero).

Habéis de ver al Cristo escoltado de silencios y de llagas, perseguidos por las sombras, sin músicos, sin flores y sin oros. Habéis de verlo pasar agonizante, lento, hecho de dolor de hombre. Habréis de verlo en la calle del Peso, arañando las paredes con sus manos crispadas que se agarran a la vida […] a la mitad justa del último suspiro, cuando la noche queda rota, destrozada, por el grito ancestral del “Miserere” (Ismael Medina Cruz). Pero, apenas dormido el silencio, estalla el drama. Encapuchados que parecen sobrecogidos de espanto, asoman, cruzan, desaparecen, dejando sobre las guijas del pavimento el azote rotundo de un pie calzado con sandalia. Por el Callejón de los Artículos, por la rampa de la Madre de Dios, por las bocacalles de la plaza de la Merced, por el arco de San Nicolás, por el martirizado sendero que a las Angustias baja, por los túneles del camino de Ronda […] la verde oscura y recoleta plaza de San Andrés extiende sobre sus guijarros la alfombra esmeralda de su hierba fina.

Los banceros no solo trabajan con los músculos de su cuerpo, trabajan sobre todo con el tirón de su espíritu, la fe no solo mueve montañas, también las sube (Juan Manuel Moreno García). El contrapunto al silencio de Jesús es el arrastrar de las cruces penitentes sobre los guijos y los clarines destemplados en el amanecer del Viernes Santo (Pedro de Lorenzo Morales), y en ese instante de la oración contemplativa, el que va acompañando al Señor ya deja de ser, por un momento, penitente, para convertirse en cofrade (compañero), frade de mi frater (de mi hermano) (Luis Morales Oliver). Hay momentos blandos como nueves de algodón, hay caminares que parece que se hacen desde el aire, apenas mecido en suave bamboleo, así se presenta el señor de cuenca (Alejandro de la Cruz Ortiz). Por eso, en la tarde morada del Viernes Santo, Cuenca se acuerda especialmente de la Madre de las Angustias, sabe que se ha quedado a solas con su dolor y quiere acompañar a su Madre y mitigar su pena (Clementino Sanz y Díaz) mientras pasa por las calles de Cuenca con su hijo crucificado para volver a quedar sola, mientras manos amantes lo llevan a enterrar (Luis López Anglada). Sus banceros la miman para no agrandar su tristeza (Rafael Pérez Caballero). Cuenca sentirá entonces la plenitud del drama del calvario en sus calles (Luis Enrique Buendía González). No son pasos silentes los nuestros, no hablan, gritan gimen (Amalio Blanco Abarca).

Las gentes y las calles de Cuenca antigua se trasfiguran hasta adquirir una fisonomía que nos hace creer que es aquí y ahora, cuando está sucediendo lo ya sucedió hace mil novecientos sesenta y nueve años. Parece que, por la calle de Ronda, entre faroles y rejas, Cristo caerá las tres veces con la Cruz a cuestas (Diego Jesús Jiménez). Este año no caminará Cuenca resucitada por penosas cuestas al encuentro de su propia naturaleza (Antonio Lucas Verdú), yo pido a Dios y a aquellos de vosotros que podéis contribuir a que así sea que el avance prosiga (Acacio Uceta) aunque las dificultades no hayan sido pocas a lo largo y ancho de la vida (Jorge Juan Eiroa), los conquenses se afanan en el montaje y celebración de sus procesiones (Manuel Real Alarcón). No podía ser de otra forma, pasarán los días y los tiempos distintos en ideas y esperanzas, y no podrá ser otra forma que la primavera esté puntual a la puerta de cada corazón (Antonio Castro Villacañas) del que la Semana Santa despierta los recuerdos dormidos (Joaquín Benítez Lumbreras). Lo que honra a Cuenca es que no se celebra a sí misma, celebra a Cristo Redentor y su madre, celebración plenamente religiosa y por lo mismo, plenamente humana (José Guerra Campos).

Este debería haber sido el pregón del silencio, que es el no-pregón (Rafael Caballero Bonald) en un mundo que se debate en el mayor de los desconciertos (Ángel Martínez Soriano), es un dolor de los que no piden consuelo […] porque sabe que nada será como antes (Javier Caruda de Juanas). Dicen que los tiempos harán olvidar este introito legendario (Jose Luis Lucas Aledón), pero de esto aún no es tiempo, hoy es día de alegría, de sentirnos muy pequeños (José Luis Paz Maroto) para una ciudad acostumbrada a perder, pero no a rendirse, a resistir y no quejarse (Carlos de la Rica). Hemos aprendido tantas cosas, hemos roto tantos versos; hemos rezado, cantado tantos Misereres (Raúl Torres Herrero). Somos protagonistas, responsables de algo que nos ha tocado en suerte crear y recrear cada año como herencia (Rafael Alfaro).

No serán mis palabras tan brillantes, pero si llenas de infinito amor por mi Semana Santa, por mi Cuenca que es la vuestra, por mis gentes, a las que Dios dotó de algo tan sublime como es la fe en su tierra (Rafael Pérez Rodríguez), con el anuncio de esta Semana Santa nuestra, que no conoce de altibajos de calendario, porque se lleva por siempre prendida en el corazón y en la existencia (José Miguel Carretero Escribano). Ya no es posible la alfombra de silencios que, al paso de las procesiones, tendía la soledad de las calles vacías; los hombres o el tiempo han trastocado las viejas armonías de nuestra Semana Santa (Luis Calvo Cortijo). Una ciudad que no olvida sus tradiciones porque sabe con la sabiduría de un hombre del campo que un árbol crece más alto cuanto más hondas tenga sus raíces (Manuel Calzada Canales). Tres siglos las mismas sangres, tres siglos la misma tierra, terrón que la vida erige y que la muerte disgrega, que Cuenca os prestó y que un día muertos, devolveréis a Cuenca (Federico Muelas).

No sé si mis palabras pueden ser un pregón en la acepción profunda del diccionario, quiero percutir únicamente como un redoble de conciencia, haciendo hablar a la boca de lo que está lleno el corazón, de este íntimo y maravilloso hecho que nos vincula de por vida a los conquenses con Cuenca: la Semana Santa (Florencio Martínez Ruiz), es la esencia de Cuenca, su amor supremo, su espíritu (Dimas Pérez Ramírez). Yo tengo la osadía de intentar, por un camino literario, llevaros a vivir por un momento la auténtica pasión; la que inspiró a nuestros imagineros (Julia Sarro), donde miles de nazarenos conquenses han descubierto el eco de su propia imagen, […] que conserva y refleja en su exterior heterogéneas, tradicionales y presumidas imágenes, pero que en su interior custodia promesas, sentimientos, esperanzas y emociones de generaciones nazarenas (Antonio Pérez Valero). Marco Pérez talló 5 cristos para Cuenca, todo el Vía Crucis es creación suya o quizá del mismo dios que se sirvió de las manos del de moya para dejar en cuenca la memoria plástica de su pasión (José Ignacio Albentosa Hernández). Y es que, con la Semana Santa de Cuenca, ocurre lo que sucede con el amor o con las grandes emociones de la vida, lo que más vale es la víspera y lo que más cuenta es el recuerdo (José Luis Muñoz).

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