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El último paseo...

21/7/2021 -
21/7/2021 -
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  • Llegó aquel temido y esperado día. Era un 23 de julio a las 5:30 de la madrugada sonó el teléfono y desperté sobresaltada. Después de la breve charla me incorporé de la cama, me dispuse a asimilar la noticia y me mantuve unos instantes sentada.

    Con extraña serenidad y sin soltar ni una sola lágrima, porque aprendí muy bien a guardarlas en la nada, me vestí y me dirigí al hospital.

    Durante el trayecto, una extraña sensación, entre miedo, estupor y mil pensamientos, atravesó mi cuerpo.

    Recorrí aquellos familiares pasillos en los que, en los últimos años, duros e interminables periodos de tiempo había paseado con él, colocándole aquél pijama azul, entre palabras de esperanza y promesas que él me regalaba mientras asentía sonriente esperando una recuperación que nunca llegaba.

    Ahora solo reinaba el silencio y la oscuridad. Pegada a la espalda de la enfermera, cabizbaja y sin mediar una sola palabra, seguí los pasos que como un maldito tic-tac, inevitablemente exactos, fríos e imparables, me llevaron hasta él.

    Y ahí estaba el pequeño cuerpecillo de mi padre ya sin vida con la caricia de una hiriente sábana blanca.

    Horas después, y habiendo terminado con el protocolo de tanatorio, atendiendo a curiosos u observando falsos lamentos de gente que huyó de él en los peores momentos, me dirigí a su casa, la que había sido nuestra casa y saqué de un baúl un viejo capote que mi padre había paseado por las plazas de primera como figura del toreo emulando a los califas.

    Pese a su enfermedad, siempre se sintió torero, y por ello, quise hacerle un guiño en su despedida.


    Cuando subí al taxi que haría el recorrido detrás del coche fúnebre, observé la escena con quietud, detalle y aplomo: Una caja, un capote sobre ella y unas flores adornadas por una cinta con la inscripción que ondeaba sacudida por la banda sonora del viento que traían los ángeles como símbolo de libertad.

    Las lágrimas guardadas durante todo el confuso proceso salieron sin querer y sin cesar al contemplar el último paseo.


    El casco antiguo, las melancólicas calles y sus vecinos asomados a los balcones daban el adiós a aquel inolvidable escritor y torero.


    Era "la última vez"…"la última vez"…"la última vez"... retumbaba en mi cabeza. Bajé la ventanilla y un atípico viento impropio del estío me susurró en cada paso de ese eterno itinerario aquel soneto que él mismo escribió estando ya en brazos de la fiebre:

    No le temo a la Parca y le hago frente
    aunque cercene el hilo de mi vida,
    emprenderé de nuevo otro partida
    hacia otra dimensión muy diferente.
    Dejaré aquí mi traje de indigente,
    mi alma estará desnuda, aunque curtida
    y dispuesta para la despedida
    con otro traje nuevo y transparente.
    E iniciando andaduras y prefacios
    surcaré hecho materia, el Universo
    en busca del Señor de los Espacios
    que en otra dimensión y otras naturas
    en el “macro” o en el “micro” se halla inmerso
    y yo libre, sin cercos ni ataduras



    Fin del trayecto. El coche se detuvo en el desierto cementerio y comenzó a irrumpir el tétrico sonido de pala abordando la tierra, contaminando la calma y arañando el alma.

    Con el ataúd ya ubicado en el subsuelo, le lancé un clavel en el que iba implícito un mensaje y mil te quieros.

    Rompió el silencio un fuerte aplauso y una gran ovación de aquellas personas a las que su pérdida también rompió el corazón.

    Y así fue como el polifacético poeta, torero, historiador, investigador y bohemio Heliodoro Cordente pasó como él siempre decía, “a un mundo más sincero”.

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