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Fuero de Cuenca VII

22/2/2021 - Alicia Segovia
22/2/2021 - Alicia Segovia

En 2012, después de las elecciones, CiU, con 50 diputados, pactó con ERC, con 21 diputados y Oriol Junqueras a la cabeza, el inicio del procés. El PSC tenía entonces 20 escaños y su competidor nacional por antonomasia, el PP, casi los mismos: 19. El partido emergente Cs obtuvo solo 9, la CUP, 3 y de Vox entonces no se sabía nada.

En 2021, casi diez años más tarde, el PSC ha obtenido 33 diputados, empatando con ERC, que sigue aprovechando el tirón de Oriol Junqueras, Junts per Catalunya logra 32 y la gran sorpresa es la desaparición del PdCat, heredero de CiU, las caídas radicales del PP y Cs que quedan con 3 y 6 diputados respectivamente y el ascenso y sorpasso de Vox en la derecha del arco parlamentario, con 11 escaños.

Entre medias, las elecciones de 2017 nos dieron también la sorpresa de un Cs enorme, con 36 diputados.

En un primer vistazo, este baile de cifras nos podría llevar a pensar que la política catalana es muy volatil, voluble, que los votantes son ágiles y dinámicos. La realidad es muy distinta si profundizamos. Lo cierto es que llevamos años atendiendo a una política de bloques y no de partidos. Lo que hay es un círculo perfectamente dividido en dos. De una parte, los llamados partidos constitucionalistas y de la otra, los que abogan por la vía independentista a cualquier precio (incluyendo la fuga de Puigdemont de por medio).

Lo triste es ahondar en la sociedad catalana y descubrir que esa cesura es patente. Si es extrema, de nada valdrá la separación de ese terreno que llamamos Cataluña, pues solo satisfará al 50% de los habitantes que les queden y tendrán a la otra mitad sintiéndose españoles y pidiendo un referéndum para separarse de los otros y una vez divididos nuevamente, incorporarse otra vez a España, tal vez como un satélite, tal vez con un estatus diferente por haber regresado. Entonces, los catalanes de la zona reingresada en el estado español que no se sientan españoles en ningún grado, pedirán una tercera escisión para anexionarse a la Cataluña independiente y podremos ver familias cruzando la frontera para ubicarse del lado que les corresponde sentimentalmente. Mientras tanto, los disturbios, las intervenciones policiales, el desgaste y las quiebras de la convivencia serán tan habituales que tal vez miremos a 2012 y todos nos llamemos imbéciles en varios idiomas, sin reprocharnos cuál es la lengua vehicular en la que nos insultamos.

Mi cuento del futuro es absurdo pero es que también lo es el presente en el que nos hemos instalado. Los catalanes que no quieren pertenecer a España no son nuestros hijos y no podemos obligarles a comer lo que no quieren. Estos mismos, por su lado, no pueden salirse de la comunidad de vecinos por su propia decisión, porque el edificio es el mismo y el resto de vecinos comparten pared y espacios comunes de vecindad.

El problema es complejísimo. El discurso de Illa, del PSC, pronunciado en un catalán como lengua materna y en un castellano como lengua materna y destinado a la convivencia y la comprensión, nos dio esperanza a muchos, si bien sabíamos que estaba abocado a ahogarse en breve. Illa, como Feijoo en Galicia, sabe de sobra lo que es esa doble identidad y la sienten y la viven. No se trata de imponerse, sino de gobernar para todos y hacer más grande el pastel para repartir más y tener más ganas de pertenecer. Los esfuerzos de los políticos moderados que entienden de qué va esto llamado España, que no es más que un pacto de convivencia entre gentes dispares con costumbres comunes y siglos de historia compartida, se dan de bruces con los extremos y la intransigencia.

A estas alturas del s. XXI pesa más la capacidad de dividir por aquello que nos separa que unir por las muchas cosas que tenemos en común. Sucede igual entre la izquierda y la derecha en las elecciones nacionales y a las mismas divisiones (o cleavages, como se dice en la jerga politológica) atendemos en Europa y EEUU. El Brexit separa al Reino Unido de Europa y ahora los escoceses puede que se marchen para regresar a la Unión Europea. Y hemos visto lo impensable en la democracia occidental, un asalto al Congreso de los EEUU. Todo ello refleja la escisión, el extremismo, la polarización. Líneas divisorias más agudas que las fronteras y en mi opinión, más artificiales que reales. Porque esos políticos independentistas catalanes que reniegan de España actúan con la misma lógica que los políticos a nivel nacional, extremistas, que en el gradiente de derechas, piden con grandes aspavientos la total castellanización de las partes de España que nos hacen plurales y nunca fueron Castilla. Pero Castilla sola no es España. Ni España lo es sin quienes rezan, aman, gritan, insultan y ríen en sus otros idiomas. Porque el catalán es tan español como el castellano de Cuenca. Y el Euskera es una joya emblemática de España. Mientras que no comprendamos que Tirant Lo Blanch es el único libro que salva Cervantes de la quema de las novelas de caballería diciendo que es “el mejor libro jamás escrito” y que esto queda plasmado para la eternidad en “el mejor libro jamás escrito” en lengua castellana, no solucionaremos nuestro dislate. Cervantes entendía España, con su pluralismo, mucho mejor que muchos de los ciudadanos y políticos actuales.

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