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Los árboles que impiden ver el bosque

Por Leo Cortijo

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3/12/2021
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No sé por dónde empezar. Reconozco que contemplo el folio en blanco como un reto mayúsculo antes de empezar a darle a la tecla. Y lo es por la presión que genera opinar sobre uno de los asuntos que más división genera entre los conquenses. El Ministerio de Transportes y Movilidad presentó el pasado martes a los medios de comunicación el proyecto XCuenca, un plan de movilidad que busca un «desarrollo territorial» y la «transformación urbana». Algo «revolucionario» en boca de la responsable ministerial encargada de exponer las bondades de la propuesta. Las reacciones a ese plan, en algunos casos furibundas, van y vienen como el fuego cruzado en cualquier contienda. Al que pillen en medio lo dejan tieso. Y no es para eso. En fin, a mí me enseñaron desde bien pequeño que en la vida hay que ir de frente y por derecho (familia de taurinos, es lo que tiene…) y ya no hay tiempo de andarse con ambages ni medianías.

Al grano. Fui uno de los periodistas que asistieron a la rueda de prensa de presentación y, a grandes rasgos, el proyecto me gustó. Sí, y mucho además si se cumple de cabo a rabo y sin excepciones. Insisto: si se cumple de cabo a rabo. Repito una vez más por si hay algún despistado leyéndome: si se cumple. Partimos de la base de que los conquenses estamos cansados de que nos ofrezcan plan sobre plan y promesa sobre promesa en relación a ciertos asuntos para terminar comprobando con el tiempo que nada de nada. No es que estemos cansados, corrijo, estamos hasta ahí y mucho más allá. El acabar con la brecha que dibujan las vías en pleno centro de la ciudad y la conexión con la estación del AVE, en tierra de nadie, son dos buenos ejemplos.

Vamos por partes. Según el plan del Gobierno, el tren convencional acabará desterrado en territorio conquense. El gran cisma. Puedo llegar a entender el recelo, la cautela, la desconfianza y hasta las sospechas que pueda producir este anuncio. Creo que es hasta humano pensar así cuando una idea disruptiva nos hace salir de nuestra zona de confort. Hay algo dentro de nosotros que nos invita a seguir, en cierta medida, anclados a aquello que nos ha dado seguridad durante tanto tiempo aunque una parte de nosotros sepa que ya no nos hace tanto bien. No es fácil quebrar el consistente muro en el que se escribe eso de que «más vale malo conocido que bueno por conocer». Y es una pena, porque a veces a la vuelta de la esquina puede esperar algo que remueva para bien nuestro sino.

Seamos sinceros. ¿Quién está dispuesto a utilizar el tren para emplear siete horas en ir de Madrid a Valencia? Poca gente. Muy poca gente. 37 personas en el tramo Aranjuez-Utiel, según los datos del Ministerio. Y claro, así pasa, que la línea no es que sea deficitaria, es que es un agujero que a los españoles nos cuesta compensar casi diez millones. 123 euros por cada viajero, que se dice pronto. Los que defienden su mantenimiento –en el sentido más literal de la palabra– esgrimen que se ha llegado a este punto porque desde hace tiempo no se han acometido las inversiones necesarias para hacer atractivo y eficiente el servicio. Que lo han dejado morir, vaya. Me cuesta creerlo. No porque no haya habido inversiones, que es cierto, sino por algo mucho más profundo. El ferrocarril como medio de transporte de viajeros en esta provincia (ahora) y en otras (más adelante) terminará muriendo por inanición porque es ley de vida. Igual que éste sustituyó a las diligencias tiradas por caballos e igual que mi abuelo dejó de ir en burro al pueblo de al lado para comprar viandas.

Los nostálgicos del tren creen que esto supondrá también un agravamiento de ese mal endémico de Cuenca que es la despoblación. Como si esa losa que nos hunde hubiera surgido ayer y como si el tren llevara funcionando dos telediarios. El tren lleva con nosotros media vida, desde mediados del siglo pasado, y a la vista está que no ha sido una solución para evitar que nuestros pueblos sean pueblos fantasmas. ¿Y para transportar mercancías? Tres cuartos de lo mismo, nadie lo quiere. El servicio lleva liberalizado 20 años y ningún empresario ha venido para quedárselo y explotarlo en ese sentido. No es rentable por las características de la vía y por la propia orografía conquense.

Cuenca y su provincia necesitan mucho más que un parche. La enfermedad de este paciente no se cura con dos aspirinas y un ibuprofeno. Ni de coña. Necesitamos terapia de choque y un tratamiento agresivo. El diagnóstico pinta realmente feo y si no apostamos de verdad por un plan ambicioso y revolucionario no nos vamos a levantar de la cama en la que estamos postrados. A grandes males, grandes remedios. Y lo que proyecta el Ministerio puede ser un gran remedio. Unir la provincia con otros puntos del país a través de buenos servicios de Alta Velocidad, mantener conectados los pueblos a través del autobús y del transporte a demanda, apostar por vías verdes donde ahora hay vías de tren, rehabilitar los apeaderos para un uso turístico y de ocio, eliminar la cicatriz ferroviaria que parte Cuenca en dos y unir a ésta con la estación de AVE. Muchos puntos por cumplir en la hoja de ruta, es cierto. Pero en las manos de los que rigen las riendas está. Ese será el juicio que deban pasar, pero sus postulados son esperanzadores. Que los árboles no nos impidan ver el bosque.

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