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Banceros sin túnica ni capuz

Por Leo Cortijo

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2/4/2021
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Jueves Santo. 16:30 horas. En un año normal, sin la amenaza de la pandemia, la iglesia de San Antón bulliría de nazarenos y de curiosos para ver los primeros pasos de la procesión de Paz y Caridad. En un año como éste eso resulta misión imposible. Ya llevamos dos poniendo la etiqueta de ‘atípica’ a la Semana Santa, y se está haciendo demasiado largo, la verdad. Pero de eso ya hemos hablado. Lo sorprendente de estos días es que a pesar de no haber procesiones en las calles, el ambiente que rodea a la celebración se le parece bastante. Si por la razón que fuera, a alguien le diera por emular a Platón y salir tal día como ayer después de vivir en una caverna el último año y medio, sin haber tenido ningún contacto con la realidad, no sé si se daría cuenta de que un virus nos está poniendo contra la espada y la pared. Las mascarillas, quizás, serían lo único que le llamarían la atención del pintoresco cuadro pandémico. Por lo demás, nada de nada. Las principales zonas de la Cuenca más social, como el Casco Antiguo y el centro, repletas. Las terrazas, hasta arriba. Y en las calles, muchos más coches y más gente de lo habitual.

Un año después, nos hemos cansado. Utilizo el plural mayestático para no levantar suspicacias y, mucho menos, para dar lecciones de nada. Además, creo que es algo cada vez más generalizado. Durante el pasado verano –cuando soltamos correa a base de bien por primera vez– esgrimíamos que los primeros en notar eso que los expertos llaman ‘fatiga pandémica’ eran los jóvenes. Entonces podría ser cierto, pero ya no. Ahora en este saco entran los jóvenes, sí, pero también los que no lo son tanto. Algunos incluso peinan canas y desde hace ya un tiempo. Generalizar no está bien, lo sé. Habrá algunos que levanten la mano y saquen pecho por su irreprochable comportamiento, sin mácula durante estos 365 días. Tendrán razón, seguro. Estoy convencido de que los hay. Pero seamos sinceros, son (somos) la minoría. Y cada son (somos) menos. Creo que es humano bajar la guardia después de tantos meses de disciplina castrense, y en muchas ocasiones se hace de forma inconsciente. No todos los que ayer y hoy llenan (llenamos) los negocios de hostelería o ciertos lugares públicos lo hacen (hacemos) sabiendo que en algún momento pueden (podemos) estar incumpliendo alguna de las normas.

Es cierto que estamos en el camino adecuado. No me atrevería a decir si en la recta final o a mitad de trayecto, porque tal y como marcha el ritmo de vacunación, a saber... Eso sí, parece que ahora hemos pisado el acelerador de nuevo y que las vacunas empiezan a llegar como siempre creímos que iban a llegar, en decenas de miles y no a cuentagotas. Menuda gestión la de la Unión Europea en este sentido, por cierto, aunque eso da para otro artículo... Creo que los que manejan el timón del barco empiezan a asumir que la única solución posible a estas alturas de la película es poner inyecciones como si no hubiera un mañana, porque lo de hacer cumplir a rajatabla las indicaciones está en azul oscuro casi negro... Cada vez lo tienen más difícil ante el agotamiento generalizado de la sociedad, impermeable en muchas ocasiones a los estímulos que abogan por la responsabilidad y la concienciación.

El lunes tocará hacer balance de daños para ver cómo hemos salido de la Semana Santa. Sanitariamente hablando, con una ola –la cuarta ya en este periplo– cerniéndose sobre nosotros. Despejaremos la incógnita de si el peaje que a buen seguro vamos a pagar será más o menos dañino. No creo que sea tan luctuoso como en Navidad. O no quiero creerlo, mejor dicho. Las navidades son un periodo más proclive para los encuentros familiares y entre amigos que la Semana Santa y además, gracias al ‘milagro’ de la vacuna, ahora los más vulnerables ya están protegidos. Ahora las variantes nos traen de cabeza, cierto, pero la situación general es más halagüeña dentro de lo que cabe. Dicho esto, nos está costando un mundo afrontar la salida del túnel. Como el bancero que encara los últimos metros del desfile, también llegamos con la lengua fuera en esta particular procesión en la que todos portamos un pesado banzo, aunque sin vestir túnica ni capuz.

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