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Como ‘fittipaldis’ en Le Mans

Por Leo Cortijo

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22/1/2021
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Un buen amigo, que lee todas las semanas los artículos de este humilde ‘rincón de opinión’, me pone en la pista: «Algún viernes tienes que escribir de lo rápido que circulan los coches en Cuenca, es casi un milagro que no haya más atropellos». Sinceramente, es algo en lo que hasta ahora no había reparado demasiado, pero la verdad es que ese comentario me abrió los ojos en cierta manera. Creo que este buen amigo tiene razón. Hay zonas concretas de la ciudad en las que la velocidad roza lo temerario. Y sin el roza… No hace falta darle mucho al ‘coco’ para que nos vengan como cohetes a la mente vías como la Ronda Oeste o las avenidas de Reyes Católicos y del Mediterráneo. Seguro que me dejo alguna por el camino. En un caso en concreto lo he hecho adrede porque creo que merece un comentario aparte: la calle Hermanos Becerril.

A pesar de que los semáforos jalonen su trazado (por cierto, nota al margen: ¿no te pasa a ti también que casi siempre los pillas todos en rojo?… tengo muy mala suerte), hay ocasiones en las que esta calle parece el circuito de Le Mans o, mejor todavía, el de Mónaco, por aquello de estar integrado en la ciudad, aunque en nuestro caso no haya una chicane ni tampoco un túnel. La inmensa mayoría de los conquenses circulan a la velocidad que deben, pero de vez en cuando –más de lo que debería– aparece algún Fittipaldi de la vida y atraviesa la vía desde la estación de autobuses hasta la salida por la carretera de Valencia a 70, 80 y 90 kilómetros por hora si se tercia. Ya te digo, como si hubiera que ganar el gran premio a toda costa o bajar el cronómetro de los dos minutos para conseguir la pole position. El tráfico en la zona, que no es poco, impide que estos inconscientes afloren con mayor asiduidad. Ahora bien, hay horas en las que no hay apenas coches y ahí es cuando se ven las mayores ‘carreras’. Especialmente por la noche.

En éste y en otros puntos de la ciudad sí se echan en falta controles de velocidad. Y no me refiero solo a controles esporádicos de higos a brevas. No, no vale con hacer uno o dos al año. Me refiero a un punto de control estable. Es decir, un radar fijo que mida la velocidad de todos y cada uno de los vehículos que pasan por ahí. Igual estoy equivocado y no sé si la ley lo permite, pero creo que no hay ninguno en toda la ciudad. Las únicas medidas disuasorias en este sentido son los resaltos que pueblan el mapa urbano. Y como para poner radares… Hace un tiempo el Ayuntamiento instaló un dispositivo en algunos semáforos de Fermín Caballero y Cuatro Caminos para medir el flujo de tráfico y la calidad del aire, y algunos pensaron que esos cachivaches eran radares y, ¡sorpresa!, pusieron el grito en el cielo. «¡Qué vergüenza! ¿cómo es posible que pongan radares? Esto es inadmisible…». Ese fue el sentir de muchos. Se tuvo que aclarar incluso para lo que servían realmente esos dispositivos y calmar los ánimos.

Por eso, tenemos que preguntarnos realmente qué es lo que quiere Cuenca como ciudad en este sentido. ¿Cómo queremos movernos por nuestra ‘casa’? La movilidad ha sido uno de los caballos de batalla de todos y cada uno de los equipos de Gobierno que recuerdo. Desde hace años hablamos de este plan, del otro y del anterior. Una movilidad sostenible que apueste por el uso del transporte público, de la bicicleta o, directamente, el movimiento a pie. Pero, sinceramente, ¿estamos preparados para ello? Seamos honestos: en esta ciudad, en la que todo está a tiro de piedra, vamos del servicio a la cocina hasta con el coche. ¿Cuenca es una ciudad que permite desplazarse en bicicleta? Preguntémoselo a los cuatro (es un decir, pero tampoco son muchos más) que lo hacen, a ver qué nos dicen. Cuando yo les he preguntado por el asunto me han dicho que es casi imposible porque además de que la mayoría de calles no están preparadas para ello, el resto de conductores no les respetan en absoluto. Y eso es lo más grave. Mención aparte merece el autobús urbano, que funciona como funciona en muchos aspectos y eso invita a su uso entre poco y nada.

La movilidad, pues. Otro de esos sempiternos debates made in Cuenca que nos ponen delante del espejo como ciudad. Miramos y miramos lo que se ve reflejado. A veces nos atusamos un poquito el pelo y otras nos arreglamos el cuello de la camisa, pero lo de hacer un cambio drástico y contundente no va mucho con nosotros. No va nada, mejor dicho. Y así pasa el tiempo de forma inexorable sin que nadie dé un verdadero golpe sobre la mesa en este capítulo. Para mayor gloria de aquellos que se creen Fittipaldi en Le Mans. Y para decepción de una ciudad que sigue como estaba.

 

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