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Una cuestión de fe

Por Leo Cortijo

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19/2/2021
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Estamos a punto de celebrar una efeméride, eso sí, de infausto recuerdo. Este domingo se cumplirán 15 años de la presentación del Bosque de Acero ante el Consejo Social de la ciudad. Sin duda, uno de los proyectos más sonrojantes de esa España del despilfarro que contaminó de norte a sur en los primeros años del milenio. En aquella puesta de largo, con maqueta y diapositivas incluidas, Rafael Moneo comentó que su pretensión era «modesta». Tal cual, según recoge la hemeroteca. Hagamos una viaje en el tiempo y trasladémonos a 2006, cuando todo se hacía a lo grande y, sobre todo, por encima de nuestras posibilidades. Más allá de esa forma de pensar a lo grande (dejémoslo ahí), es inconcebible que fuese modesto plantear para Cuenca una especie de Parque del Retiro en miniatura. Y es que además del amasijo de vidrio y metal en el que al final quedó todo, el prestigioso arquitecto planteaba incluso un largo artificial navegable con botes, un gran teatro al aire libre, restaurantes y otros lugares de encuentro. Repito: dijo que su pretensión era modesta. Sí, modesta. Ay, mi Españita de la burbuja. Si hasta protagonizamos uno de los programas de Jordi Évole…

La burbuja explotó y su onda expansiva nos cruzó la cara de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. No tuvo compasión. El armatoste de robustas patas blancas en forma de araña pasó a ser un edificio sin uso, de dudosa funcionalidad y escaso gusto estético. Una infraestructura a todas luces fallida e inútil porque casi desde el primer minuto empezó a languidecer sin una función determinada. Y lo hizo entre el olvido y la indignación de los conquenses, ojipláticos cada vez que se acordaban de los casi ocho millones de euros que había costado erigirlo. Desde entonces es un muerto con el que hemos cargado como hemos podido. Al principio había cierto decoro por tenerlo más o menos cuidado, pero llegó un momento en el que su abandono fue absoluto, y ahí es cuando aparecieron pintadas, cristales rotos y dependencias destrozadas. El ejemplo más bochornoso y palpable de cómo dilapidar el dinero público sin ton ni son.

Antes de su total ocaso, el recinto ferial de vanguardia que debería haber sido quedó relegado a escenario de eventos tan dispares como mítines políticos, muestras de spinning, actividades de una iglesia evangélica o conciertos. De risa, vaya. Incluso llegó a plantearse un concurso de ideas para reactivarlo, y de esa tormenta cerebral surgieron propuestas para convertirlo en huertos ecológicos, una piscina cubierta, un vivero de empresas, una biblioteca o un mercadillo. Lo último y más llamativo que recuerdo era transformarlo en un aparcamiento de autocaravanas. Eso sí que hubiese sido ya el remate. Recordemos que Moneo, en honor a la verdad, señaló en esa presentación de hace tres lustros que para sacarle todo el partido a estas instalaciones habría que gestionarlas «debidamente». Qué risa, María Luisa…

Sea como fuere, 15 años después aquí estamos, a ver si hacemos revivir al muerto. Este jueves La Tribuna avanzaba que el Ayuntamiento tiene encima de la mesa un proyecto «ilusionante» y que perfila los últimos flecos. En palabras del concejal Miguel Ángel Valero, el diario explicaba que ya hay una «idea clara» y que ésta pasa porque este enclave se convierta en un espacio «educativo, cultural y turístico», con un uso «continuo» y de provecho tanto para los conquenses como para los visitantes. Si no pasa nada raro y todo marcha según lo previsto, en dos o tres semanas podría darse a conocer en público cuál es ese proyecto tan esperanzador.

Se ha hablado tantísimo del Bosque de Acero y se han prometido tantísimas cosas en torno a él, que entiendo perfectamente que la ciudadanía se muestre recelosa a la hora de creerse nuevos cantos de sirenas. Es lógico después de las segundas oportunidades que se han planteado para esta infraestructura –la mayoría, por cierto, en campañas políticas previas a elecciones– y que luego han quedado en papel mojado. Pero también es verdad que llegados a este punto no nos queda otra que creer en que esta vez será la definitiva. Tristemente es así, porque después de tanto tiempo mirando con toda la vergüenza del mundo a esa joya de la corona del despilfarro, no tenemos más remedio que agarrarnos a un clavo ardiendo. No cabe otra que solucionar el problema como sea y a pesar de nuestras complejas circunstancias. Antes de tirar la toalla definitivamente, lo reduzco a lo más simple: es una cuestión de fe.

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