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Esas pequeñas grandes grietas

Por Leo Cortijo

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22/10/2021
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Los españoles celebramos una de nuestras victorias más importantes. Como Nación y como Pueblo. Con mayúscula en ambos casos. Como sociedad infranqueable que, de vez cuando y en torno a cuestiones de capital importancia, caminamos de la mano en defensa de nuestra Constitución y de nuestro Estado de Derecho. Juntos derrotamos a ETA hace diez años. Así es salvo por pequeñas grandes grietas. Resquicios que, eso sí, no varían la sustancial dimensión de lo conseguido a base de sufrimiento, lágrimas y sangre. Mucha sangre. La de los más de 850 fallecidos que configuran la sombra más tenebrosa y macabra de la banda terrorista. Una de las peores lacras de la historia de España.

Aquellos que en mayor medida padecieron la injusticia etarra viven hoy mucho más tranquilos. Llevan una década haciéndolo. Ya no tienen que mirar en los bajos de su coche, dejar de abrir cualquier carta que llegue a su buzón o darse la vuelta en mitad de la calle para comprobar si alguien les sigue. Llevan (llevamos) diez años viviendo en paz. Y eso, después de 3.500 atentados y más de 7.000 víctimas, es un logro de catedralicias proporciones. Y es un logro de todos. No me cansaré de repetirlo. Tú también sumaste tu parte cuando gritaste bien alto «¡Aquí tenéis mi nunca!» el día en el que vilmente mataron a Miguel Ángel Blanco.

Sin embargo, esas pequeñas grandes grietas que aparecen de vez en cuando, aunque cada vez más insignificantes, siguen molestando. Una de ellas lleva ahí casi tanto tiempo como el propio problema. Es más, éste se ha acabado y ahí sigue estando. Esa grieta es la de Otegui, que esta semana se ha despachado leyendo fría y calculadamente un comunicado con el que la izquierda independentista esgrimía que el sufrimiento causado «nunca debió ocurrir». Literal. Pero dentro de esa literalidad, ni hubo condena a la violencia ni mucho menos un perdón explícito. Y así, el mensaje se diluye casi por completo. Y más cuando apenas unas horas después el mismo protagonista reconoce que no les importaría votar los Presupuestos si como moneda de cambio salen de la cárcel los 200 presos de la banda. Así porque sí.

Es un principio reconocer ese sufrimiento y hasta diría que es un paso importante y necesario, pero resulta del todo insuficiente. ¿Por qué no hace una valoración como tal de ese dolor que sabe que infligieron? ¿Por qué no pide perdón de forma clara y contundente? ¿Por qué sigue tributando homenajes a presos etarras con las manos manchadas de sangre hasta los codos con manifestaciones en las plazas de muchos pueblos? ¿Por qué no ayuda a arrojar luz sobre los más de 200 casos que todavía quedan por esclarecer? Él, que durante tantísimos años fue el brazo político y altavoz parlamentario de la banda, tiene mucho que decir en ese sentido. Podría reparar mucho dolor si tuviese la gallardía suficiente de señalar a aquellos que apretaron el gatillo o accionaron la bomba y todavía hoy no los conocemos. Pero claro, eso es mucho más que utópico. Consuelo Ordóñez, presidenta de un colectivo de víctimas, le pedía que pasase de las palabras a los hechos. Hago mío ese deseo.

Está claro que para construir un futuro de convivencia plena –y recalco lo de plena– se tienen que dar dos principios fundamentales. Uno, alguien dispuesto a perdonar sin excepción a pesar de haber visto cómo se llevaban por delante a un padre, una hermana o un hijo. Y dos, alguien dispuesto a pedir perdón de corazón mostrándose profundamente arrepentido por el dolor causado y ofreciendo un propósito de enmienda. Solo de esa forma se cerrarán esas pequeñas grandes grietas.

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