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¿Qué nos queda si no?

Por Leo Cortijo

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14/5/2021
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Los conquenses siempre hemos tenido algo de lo que presumir bien orgullosos. Y con razón. En otros aspectos teníamos que agachar la cabeza y guardar silencio. No podíamos sacar pecho, por ejemplo, por tener un sector industrial boyante y robusto o por nuestros índices demográficos. En ambos casos, por cierto, más a la baja es difícil caminar. Al menos hasta ahora. Pero como digo, había un tema que cuando salía a escena en cualquier conversación, de la naturaleza que fuera, nos hacía crecernos. Como gallitos en el corral. Eso que nos permitía fardar era nuestro patrimonio histórico. Lo que hemos recibido como legado de catedralicio valor. Algo con lo que nacimos ya puesto y cuya única obligación era preservar. Precisamente para eso, para poder seguir presumiendo de ello.

La vida nos cambió el día que nos declararon Ciudad Patrimonio de la Humanidad. A partir de ese momento nuestra querida Cuenca empezó a jugar en una liga totalmente distinta. La Champions a nivel turístico y cultural. El mejor escaparate posible de cara al resto del mundo. Una vitola que entre todos debíamos cuidar y defender. Entre todos, insisto, pero más todavía los que desde ese momento han tenido la responsabilidad de regir los mandos de la nave. Ahora, después de un funestamente histórico 12 de mayo para el patrimonio conquense, que ha recibido el golpe más duro en décadas, debemos preguntarnos: ¿hacemos lo que debemos y actuamos a la altura de nuestro Casco Antiguo? Mirémonos el ombligo antes de contestar, por favor, que miccionar en cualquier rincón o encaramarse a la Catedral cual Spiderman en pleno San Mateo también cuenta…

El derrumbamiento del muro que sustentaba la calle Canónigos, una de las más emblemáticas de la ciudad, junto al icono por excelencia de Cuenca, ha destapado todas nuestras vergüenzas. El problema no viene de ahora, aunque todo se haya precipitado en este momento. En el sentido más literal de la palabra. Viene de mucho tiempo atrás. Hace apenas siete años ya se acometieron obras en esta zona, con problemas estructurales evidentes –y puestos sobre la mesa por algunas partes– desde hace prácticamente ocho. Ahora los partidos políticos, en el poder y en la oposición, se tiran los trastos a la cabeza porque se ha tardado un año y medio en acometer unos trabajos considerados por todos de urgencia. Pues sí, sea porque la Administración es más lenta que una procesión de caracoles asmáticos o sea por lo que fuera, se ha actuado tarde. Muy tarde. Cierto. Pero ésta no ha sido más que la última gota de un vaso que venía colmándose desde hace tiempo. Y, a grandes rasgos, poco ha importado quien estuviera al mando. Rojos, azules o amarillos fosforitos.

La calle Canónigos ha sido, por dejadez, inacción o incompetencia, la última víctima de nuestro maltrecho patrimonio. Pero, tristemente, hay muchas más. La lista la podrían encabezar la Plaza de Mangana o el Jardín de los Poetas, sin ir más lejos, y a partir de ahí empecemos a sumar por 0,25 céntimos de euro. Un, dos, tres... responda otra vez.

Ahora toca ponerse manos a la obra. Y no precisamente como Manolo y Benito. Darío Dolz ha sido tajante al fijar como objetivo prioritario reconstruir el enclave cuanto antes, y para ello ha activado ya de urgencia la maquinaria burocrática. Esperemos que sea rápido y eficiente. El alcalde dice que por cuestiones económicas no habrá problemas. Pues está bien, porque Cuenca no puede permitirse el lujo de tener empantanada la joya de la corona durante mucho tiempo. Porque como ya dije al principio es de lo que con más orgullo podemos presumir. Y además a una buena parte de los conquenses les da de comer. Nos va la vida en ello. Tal cual. ¿Qué nos queda si no?

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