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Las plantas rodantes del centro

Por Leo Cortijo

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16/4/2021
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Nos vemos –o nos leemos, mejor dicho– de semana en semana. Y la noticia de esta semana, valga la redundancia, es que después de los excesos de la Semana Santa, ha venido el tío Paco con las rebajas. La matemática pandémica no falla. En torno a unos diez días después de bajar la guardia, replican los repuntes de contagios, el aumento de la presión hospitalaria y el incremento de la tasa de incidencia. Baremo este último por el que se rigen las restricciones a aplicar. Así, hemos retrocedido a nivel 3 que, a grandes rasgos, vuelve a castigar sobre todo a dos sectores fundamentales. Por un lado, la cultura y el mundo del espectáculo. Por otro, la hostelería y el turismo. Tristemente, están acostumbrados. Saben que cuando la incidencia rebrota son los primeros señalados, circunstancia que les hace sentirse como los culpables de esta situación, aunque no lo sean. Están hartos, y no me extraña, de trabajar (y de vivir) en un continuo acordeón que va y viene entre cierres totales, medios cierres y aperturas condicionadas de la noche a la mañana. Así es prácticamente imposible.

Dicho esto, la tribuna de este viernes sigue otros derroteros. Trabajo en el centro de Cuenca y todos los días paso por sus calles. Carretería, Colón, Sánchez Vera, Alonso Chirino, Gil de Albornoz, Plaza de España, Parque de San Julián… Más allá de la imperiosa renovación y el perentorio lavado de cara que necesita esta zona de la ciudad, salta a la vista otro aspecto a tener en cuenta. En su momento, para un reportaje periodístico, me dediqué a contar cuántos locales comerciales había en las principales vías del centro y cuántos de éstos, a su vez, estaban sin actividad. Recuerdo que fue poco antes del estallido de la pandemia y el porcentaje de negocios con la persiana echada era en torno a un 25 por ciento. Si ese mismo reportaje lo hiciese hoy, creo que el número crecería bastante. El coronavirus ha pasado factura –y no pequeña– al comercio de Cuenca y basta un paseo por la zona para darse cuenta.

La calle Colón, especialmente, es un páramo. Resulta desolador. Solo faltan las típicas plantas rodantes de las películas del oeste… Creo es más fácil contar los locales que siguen abiertos que los que no lo están. De hecho, si me apuran, los primeros prácticamente se pueden contar con los dedos de una mano. Empiezas a enumerar y por cada uno que está en funcionamiento, hay otros tres en los que lucen los típicos carteles de las inmobiliarias en búsqueda de nuevos moradores. Con la que está cayendo es muy difícil –por no decir imposible– dar con la tecla correcta, pero no será por variedad de locales. Los tiene que haber de todas las características posibles. Me imagino a esos agentes inmobiliarios cerrando los ojos, cogiendo aire profundamente y soltándolo poco a poco cuando algún interesando les pide que les enseñe la ristra de espacios disponibles. Deben pensar: «Voy a llamar a casa para decir que no llego hasta dentro de un par de días por lo menos». Ahora bien, tampoco creo que haya peleas ni largas colas a las puertas de las inmobiliarias por hacerse con alguno de estos locales.

Cada día que pasa, el centro se deteriora un poquito más. Su decadencia es más que evidente y manifiesta. El electrocardiograma de su actividad comercial refleja que está muy cerca de entrar en parada. Y no sé si a medio y largo plazo –a corto directamente lo descarto– esta situación tiene solución. Lo dudo, sinceramente. De seguir por este camino, no habrá reanimación cardiopulmonar que nos saque de la parada cardiaca a la que estamos abocados. De seguir por este camino, no quedará ni un negocio en pie. De seguir por este camino, al centro de Cuenca no se le conocerá por ser una zona comercial atractiva e interesante, sino por sus plantas rodantes. Igual las podemos vender como recurso turístico, que de eso sabemos un rato…

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