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Sólo faltan horas

Por Leo Cortijo

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26/3/2021
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Sólo faltan horas para que hoy, Viernes de Dolores, Antonio Pelayo descorche la Semana Santa con su pregón de la Pasión. ¿Con qué nos sorprenderá el periodista y sacerdote? Apuesto a que profundizará en el verdadero mensaje de la fe a través de la representación popular de las procesiones. Ahondará en el verdadero significado de lo que celebramos a partir de hoy y hasta el próximo Domingo de Resurrección. Tampoco hay que olvidarse de las magnas cualidades que convierten Cuenca en un escenario único estos días, algo que para alguien como él no habrá pasado desapercibido. Bueno, ni para él ni para nadie. Firme el pregón que firme, es mejor que no sepamos nada. Así nos sorprende, que es lo bonito.

Sólo faltan horas para la cena de banceros de la hermandad, que es mañana. Allí nos encontramos todos. A algunos los veo a diario, a otros muy a menudo y a un puñado de ellos, de año en año. Y es este día. Alubias, chuletas y torrija. El menú permanece inalterable desde que siendo un crío comencé a venir a este encuentro de hermanos. Nos ponemos al día, compartimos anécdotas e historias y, sobre todo, hacemos hermandad. De eso se trata. ¡Ah! y cogemos fuerzas, que el Miércoles Santo el peso del banzo se hunde en el hombro. Pero qué bien sienta…

Sólo faltan horas para que se abran las puertas de San Andrés y las palmas inunden la soleada y luminosa mañana de Ramos. Empiezan a llegar turistas por montones y también aquellos familiares que vienen a casa los días especiales. Éstos los son. Son días de reencuentros con un mismo hilo conductor, porque la Semana Santa nos une. En parte, es el pegamento que hace que no nos separemos. Sólo faltan horas para la sobriedad del Lunes Santo y el Perdón del Martes. No hay que perderse ninguna procesión y por eso cada año intentas buscar un nuevo emplazamiento para renovar ilusiones. Mira si las he visto veces y todavía me sorprenden…

Sólo faltan horas para el día más grande –en mi caso–, el Miércoles Santo. Qué tendrá, que desde primera hora de la mañana ya hay algo en el estómago que revolotea. Y no para. Y conforme avanzan las horas, va in crescendo. Llega uno de los momentos más especiales: descolgar la túnica, la capa y el capuz que desde el primer día de Cuaresma dejaste planchado y preparado para enfundarte cuando llegara este día. Hay que subir con tiempo a la iglesia. Nos tienen que tallar y el paso no sale con facilidad. Ya hemos entrado en materia. Comienza la procesión, por dentro y por fuera. La magia del que lo vive, lo siente y lo ha mamado. Imposible contener las emociones. Y no hay más. Si se entiende, bien; si no, también. Primeros golpes de horquilla en el empedrado de San Pedro, primeros crujidos del anda y primeros acordes de Banceros de la Pasión. Llegas al final, a veces no sabes ni cómo. Exhausto, pero satisfecho. Plenamente satisfecho. No tienes ganas de casi nada, pero sabes que el año que vienes estarás ahí otra vez. Y todas las que hagan faltan.

Sólo faltan horas para vivir intensamente lo que resta de semana: San Antón, como puntal pacífico y caritativo del Jueves Santo; tambores y clarines de sonidos rotos en la madrugada de la turba; la angustia y la agonía del Viernes Santo, culminado con el último adiós; Sábado de Gloria, vigila y Resurrección dominical. Todo pasa tan rápido… cuando menos te das cuenta vuelves a enfrenarte al vacío, a la cotidianidad, a lo terrenal. Vuelves a enfrentarte a las mismas puertas de San Andrés, que ahora se cierran hasta dentro de 365 días.

Sólo faltan horas para todo esto. Apenas un puñado de horas…

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