Síguenos:
Edición digital

La trituradora de alcaldes

Por Leo Cortijo

Comparte este artículo:
10/12/2021
Comparte este artículo:

Un café con un buen amigo en una de estas mañanas gélidas con las que el invierno empieza a saludarnos, me descubre una de esas frases que se quedan tatuadas al instante en la retina. No por nada en especial, solo porque resultan llamativas y especialmente sintomáticas dependiendo del contexto. «Hay obras de caridad, hay obras de sentimiento y las obras que más duran son las del Ayuntamiento». He ahí el simpático chascarrillo de fácil rima. Un castizo aforismo que podría ser aplicado a la perfección en el caso que nos ocupa, nuestra Cuenca del alma. Esa en la que ver fructificar algunas de las perentorias necesidades urbanísticas que precisa resulta más duradero en el tiempo que la obra del Escorial. La calle Canónigos, por cierto, es la excepción (rara) que confirma la regla. Para el resto somos un caso único. El trámite que en cualquier ayuntamiento del país tendrías en cuestión de días –una licencia de apertura, sin ir más lejos–, aquí se convierte en una odisea de meses. Es para tirar todo por tierra.

Y no es cuestión de poner el foco en los políticos. Ni ahora es culpa de Dolz, ni antes de Mariscal, Ávila o Pulido. No. Ellos, para bien o para mal, son los que pagan los platos rotos del anquilosado funcionamiento del Ayuntamiento. Son el último eslabón y el más visible; el papel de regalo que envuelve una estructura con decenas de cargos, carguetes y carguillos. Y algunos de éstos hacen y deshacen infinitamente más de lo que piensan muchos ciudadanos. A veces, demasiado. Por encima de lo lógico. La casa consistorial de todos los conquense es como un elefante. Da igual lo que le azuces o le animes si con ello pretendes que se levante del suelo y se mueva; lo hará cuando él quiera, al ritmo que le venga en gana y durante el tiempo que considere oportuno. No es triste, es lo siguiente, pero es así. Y alguien o algo lo cambia radicalmente, o vamos a arrastrar deficiencias y disfunciones hasta el final de nuestros días.

El Ayuntamiento es una trituradora de alcaldes. En las últimas siete legislaturas hemos tenido seis regidores. A casi uno por periplo. Casi nada. De hecho, solo dos han repetido en más de un mandato como gerifaltes con el bastón de mando en su mano desde que la soberanía reside en el pueblo: Andrés Moya y José Manuel Martínez Cenzano. Dos en 40 años, que se dice pronto. Ninguno en los últimos tres lustros.

Diría que a Darío también se le empieza a notar. No estudié fisonomía ni psicología, pero tampoco hace falta ser un lince para saber que la cara es el espejo del alma. Basta con haber seguido al alcalde casi a diario durante estos dos años y medio para darse cuenta. Más allá de las sensaciones que uno puede tener, una prueba empírica de este postulado son las fotografías en las que aparece en diferentes actos públicos. Nada tiene que ver, o eso creo, el rostro que veíamos en Darío en 2019 con el que vemos ahora. Por el camino han pasado muchas cosas… la verdad es que le ha tocado vivir de todo. Desde una pandemia de seculares proporciones hasta una ruptura del equipo de Gobierno con el que llegó al poder. Si hubiese montado un circo le habrían crecido 234.690 enanos. Eso le pasa factura a cualquiera, las cosas como son. Pero aparte de esto, creo que lo que subyace es la naturaleza trituradora del Ayuntamiento. El querer sobreponerse a todos los palos que el jodido destino te tiene guardados y no poder hacerlo porque es imposible tirar de ese elefante que solo se mueve cuando le apetece.

Contenido archivado en:
    PUBLICIDAD
  • Netvoluciona
Síguenos en:
Advertisement