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La vacuna de la gata Flora

Por Leo Cortijo

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9/4/2021
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Ayer no aguantaba más. En medio de un sinfín de informaciones sobre la seguridad de la vacuna de AstraZeneca –gajes del bendito oficio de periodista–, me dio por leer el prospecto de una marca muy corriente de un simple ibuprofeno. Un medicamento que consumimos con bastante asiduidad y casi para cualquier cosa. Como si del bálsamo de Fierabrás se tratara. Lo primero que me llamó la atención es la capacidad humana (si es que no lo hace una máquina) de hacer tantos pliegues a una misma porción de papel. Eso es papiroflexia nivel premium. Una vez desplegado, y tras sopesar la idea de utilizarlo como manta para las noches de verano en las que haga fresco, me dispuse a leer. Y la verdad es que me quedé mucho más tranquilo: «Hemorragias gastrointestinales, especialmente en los pacientes de edad avanzada. También se han observado náuseas, vómitos, diarrea, flatulencia, dispepsia, estreñimiento, ardor de estómago, dolor abdominal, sangre en heces, vómitos con sangre, dolor de cabeza, mareos o sensación de inestabilidad y fatiga». Esta retahíla de consecuencias estaban descritas como ‘efectos adversos frecuentes’. Y, para más inri, especificaba que podían afectar «hasta una de cada diez personas».

Hasta este momento, qué quieren que les diga, pero ni me había parado a pensar en los famosos efectos secundarios de los medicamentos. Esos de los que siempre hemos oído hablar, pero a los que nunca les hemos prestado ni la más mínima atención. Es como la música que suena de fondo en algunos supermercados o en algunas tiendas de ropa. Sabes que está ahí, pero tú vas a lo tuyo, que es comprar un kilo de pechuga de pollo, una camisa bonita para la próxima celebración o tomarte ese ibuprofeno que te calme de una vez por todas el insufrible dolor de cabeza con el que te levantaste.

Un dolor de cabeza como el que por ejemplo nos está generando la dichosa vacuna de AstraZeneca. Después de un vergel de vaivenes, las autoridades sanitarias han reconocido que existe una posible relación causal entre este remedio y una especie de trombos. Al mismo tiempo, se apresuran a decir que los beneficios de la misma son infinitamente superiores a sus riegos. De hecho, los casos adversos que han surgido en relación a la cantidad de vacunas que ya se han suministrado son ínfimos. El riesgo de morir por un trombo tras vacunarse es increíblemente pequeño, de uno entre un millón, según estimaciones de los datos disponibles en Reino Unido. Calculando porcentajes a vuelapluma, hay más posibilidades de morir en un accidente de avión o porque te parta un rayo. Y no creo que haya mucha gente atemorizada o especialmente angustiada o atormentada por estos asuntos, la verdad. Insisto: es como lo de leer el prospecto de los medicamentos, que (casi) nadie lo hace.

El problema no es que la vacuna sea segura, que lo es, sino que los ciudadanos que en teoría la tienen que recibir la perciban como tal. El problema es, por tanto, la falta de comunicación. De buena comunicación, mejor dicho. Como casi todo en la vida. Primero dijeron que esta vacuna no se podía poner a los mayores de 65, luego que sí, luego otra vez que no y ahora otra vez que sí… Unos países optaron por vacunar a todos, algunos sólo a una parte y otros a nadie… La han convertido en la vacuna de la gata Flora. Ni sí ni no, cuando tendría que ser un sí rotundo porque la necesitamos como el comer. En lugar de generar esa inseguridad, esa incertidumbre y ese malestar entre la sociedad, las autoridades pertinentes deberían haber aportado luz entre tanta duda. Pero además desde el momento en el que aparecieron los primeros nubarrones, y no andarse con tibiezas, medianías o mentiras por omisión, que todavía es peor. El usuario quiere certezas, contadas con sencillez y honradez. Quiere confiar en lo que se va a inyectar. Simple y llanamente.

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