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Vaya hombre, valla

Por Leo Cortijo

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1/10/2021
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Suenan exactamente igual, pero no se escriben de la misma manera. Y eso es porque el significado de ambas palabras difiere mucho entre sí. La RAE recoge que vaya –con Y griega– es una interjección que se usa para comentar algo que satisface o que, por el contrario, decepciona o disgusta. Y valla –con doble L– es un sustantivo que designa la línea o término formado por estacas hincadas en el suelo o tablas unidas para cerrar algún sitio o señalarlo. Los dos términos ligados en una misma frase (vaya hombre, valla) es la ciudad de Cuenca… Suena raro, lo sé, pero así es. Me explico.

Vaya por donde vaya –en este caso es el verbo ir conjugado en primera o tercera persona de subjuntivo– a lo largo y ancho de este maravilloso municipio patrimonio de la humanidad, lo más fácil es que se encuentre vallas en su camino. Las hay amarillas o azules. De plástico o metálicas. En forma de malla o con barrotes. Por estructura, colores o materiales no va a ser… En Cuenca tenemos todo el catálogo disponible. Afloran en aceras, plazas, calles, parques y zonas verdes. En cualquier sitio, vaya. En cualquier sitio, valla. Hay tantas que a veces siento que no están ahí sin más, inmóviles e impertérritas, sino que cobran vida propia y me persiguen. Y dentro del perímetro que forman guardan como auténticos tesoros todo lo que puedas imaginar. Desde un par de baldosines rebeldes que se levantaron hace un año, hasta el respaldo de un banco que perdió uno de sus tablones de madera cuando aún relucía esplendoroso, pasando por un socavón que al ritmo que avanza el tiempo acabará convirtiéndose en una boca de metro. Porque esa es otra, el tiempo que estas estoicas vallas son capaces de aguantar ‘filomenas’ y olas de calor sin que nadie repare en ellas. Algunas se han hecho mayores y han envejecido muy mal, pero otras siguen igual de lozanas que el primer día. Forman parte del paisaje. Forman parte de nosotros.

Qué tendrán las vallas para que la ciudad las quiera tanto. La verdad es que no me lo explico, pero mira, ahí están. En lugar de apresurarnos para quitarlas cuanto antes, parece que nos gusta que sigan en medio. Porque otra cosa no, pero bonitas son tela… Es preferible que los problemas que infructuosamente intentan tapar no se solucionen. O si se hace que sea cuando Dios quiera. ¿A quién le puede molestar que transcurran seis o siete meses –por decir algo– hasta que esos baldosines, ese banco o ese socavón vuelvan a su estado natural? ¿Para qué una concejalía de mantenimiento municipal con lo pintorescas que resultan las vallas en nuestro paisaje urbano? Eso sí, lo jodido va a ser cómo vendemos esto debidamente desde el punto de vista turístico. No sé. Ahí me surgen dudas, la verdad. Hay que darle una vuelta a eso. Igual podemos ofrecer la ‘Ruta de las vallas’. Algo así como «ven, visita 30 de las 1.347 que tenemos, hazte una foto con ellas y gana una excursión al nacimiento del río Cuervo o gana este pack formado por dos botellas de vino de la Manchuela, tres latas de morteruelo, medio kilo de zarajos envasados al vacío y una torta de alajú».

Cuenca, la ciudad de las vallas… Vaya usted por donde vaya, valla al canto. ¡Vaya hombre, valla!

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