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Rincones de la Catedral: la Capilla Mayor, un cerebro de oro

Seguimos conociendo espacios concretos de la Catedral de Cuenca. En esta ocasión, es el turno de la Capilla Mayor, con una imponente reja y un Altar Mayor digno de admiración.

Actualizado: 27/11/2022 10:39 - Redacción
Actualizado: 27/11/2022 10:39 - Redacción

Abriendo las puertas de un cielo dorado y protegido por una rejería de belleza indescriptible nos espera hoy la Capilla Mayor de la Catedral de Santa María y San Julián. No estuvo siempre custodiada por la girola tardo gótica que vemos en la actualidad, sino que hasta el siglo XV dos absidiolos resguardaban el tesoro más codiciado de la Catedral, pero fueron demolidos. Este fue uno de los tantos cambios que experimentó la Capilla Mayor, centro neurálgico de la Catedral.

El Retablo Mayor y los estucos en el interior y el Altar Transparente en el exterior llegaron tiempo después, ya en el XVIII. Sin embargo, entre elementos peripuestos y colocados en épocas recientes, asoma la Capilla Mayor original. “La cabecera primitiva medieval se conserva prácticamente en su totalidad. Se remata en un polígono de siete lados. Se organiza en dos alturas con sus correspondientes vanos y se cubre con bóveda de nervios y plementos cóncavos”, cuenta para Life!Cuenca Miguel Ángel Albares, director de la Catedral.

No fue hasta el último tercio del XVIII cuando el Cabildo quiso colocar en el Altar Mayor la urna que custodiaba el cuerpo de San Julián colmando así el altar de lujos. Para ello, se escogió al arquitecto Ventura Rodríguez, que presenció el escenario catedralicio en 1571 y un año más tarde ya había enviado los planos al Cabildo para comenzar las obras, primero en el altar del transparente y después en el Altar Mayor.

Cuatro mastodónticas columnas sustentan el cuerpo principal del Altar Mayor, ornamentadas con adornos de bronce llevados a cabo por los tres Pedros: Pedro Martinengo, Pedro Lázaro y Pedro Berda. El Altar Mayor recoge también el ático de mármol. Otros mármoles fueron importados de Granada (los que guardan un aspecto verdoso) e incluso de Italia. Estos últimos se emplearon en las esculturas, que podemos apreciar en La Natividad, las figuras de San Joaquín y Santa Ana, Dios Padre y cuatro ángeles. Todas ellas fueron piezas que tomaron vida en Génova. Las escenas de la Virgen en los estucos que representan la Presentación en el Templo, la Anunciación, la Visitación y la Coronación quedan amparados por cuatro medallones con San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, los evangelistas, como protagonistas, obra de Pedro Ravaglio y Juan Bautista Cremona, de nuevo italianos.

Protegiendo la capilla encontramos la reja de la Catedral por antonomasia, aquella que refleja la luz de los vitrales y, al mismo tiempo, irradia su propio brillo a las capillas que rodean el cerebro del edificio religioso. Fue Juan Francés el encargado de llevarla a cabo entre 1513 y 1516 bajo las directrices del Cabildo, “que ya contaba con el diseño que había hecho para ella Sancho Muñoz en 1510”.

Su tez dorada se extiende a lo largos de los barrotes, divididos en dos secciones horizontales y tres calles verticales marcadas por unos pilares de líneas rectas. “Estos pilares inician desde su primera moldura una tímida ornamentación clásica que sube en candeleros hasta el remate, para culminar en el arrebato renaciente de la crestería que, como único protagonista de la reja, no sólo la domina, sino que la invade en la parte baja”.

Como no podía ser de otra forma, un sinfín de detalles recorren los barrotes: candeleros con ángeles, follaje variado o un Calvario con un Crucificado que levita en la rejería, con el escudo de la ciudad de Sancho Muñoz imperando en el conjunto. Se ubica entre el coro y el retablo del Altor Mayor, “que es para donde fue hecha. Con ocasión del cambio del coro es cuando esta reja fue trasladada”, comenta Albares.

Y cerrando de nuevo el cielo dorado, nos despedimos de la Capilla Mayor, que tantas liturgias y sacramentos ha albergado y que a tantos visitantes acoge desde el centro de la Catedral.

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