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Las epidemias en la Historia. La importancia de la higiene

La Directora del Archivo Histórico de Cuenca, Mª de la Almudena Serrano Mota, nos habla hoy en su colaboración con Life!Cuenca de las numerosos epidemias que se han producido a lo largo de la historia y de la legislación existente para adoptar medidas de prevención e higiene, como es el caso de la Real Orden de 1849.

24/4/2021 - Redacción
24/4/2021 - Redacción
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  • Las numerosísimas epidemias que a lo largo de la Historia han ido apareciendo tuvieron, entre otras consecuencias, abundar en las precauciones higiénicas, evitar hacinamiento de personas, ventilación de determinados lugares, sobre todo viviendas donde vieran muchas personas, vigilancia de tiendas, etc. Todo ello encaminado a facilitar la vida del ser humano evitando las trágicas secuelas de aquellas mortales enfermedades.

    Cuando una epidemia se extendía había que ser muy escrupuloso con las medidas establecidas por las autoridades y respetarlas, para evitar los temidos contagios. Peste, viruela, cólera, gripe o fiebres amarillas fueron epidemias relativamente frecuentes en el pasado y que causaron terror en la población.

    Existen muchísimos casos documentados en la Historia, desde la Antigüedad.

    En todo momento, las autoridades debieron tomar decisiones acerca de cómo actuar ante aquellas enfermedades que se extendían rápidamente. A lo largo del siglo XIX, aparecieron numerosas epidemias y se agilizó la legislación emitida para frenarlas.

    El 18 de enero de 1849 se publicó una Real Orden por la que se daban normas a las Juntas Provinciales de Sanidad, en caso de que apareciese el cólera que recorría el norte de Europa y amenazaba con la extensión a España:

    Muy interesada Su Majestad la Reina por la conservación de la salud de todos los pueblos de la Península, y con objeto de precaver los males de aquella epidemia en cuanto sea posible, se ha servido resolver, conforme con lo propuesto por el Consejo de Sanidad que, para el caso de aparecer el cólera en nuestro territorio, y durante su permanencia, se organicen las referidas juntas bajo las reglas siguientes.

    Real Orden completa.
    Real Orden completa.

    Algunas de ellas fueron estas:

    Las juntas municipales de sanidad que han de crearse en las poblaciones donde no existe junta alguna de dicho ramo en circunstancias ordinarias, se compondrán del alcalde, presidente, de dos individuos del ayuntamiento, de dos vecinos, del cura párroco y de dos profesores de medicina o de cirugía, si no hubiese de los primeros en la población.

    Las comisiones municipales se encargarían de ver el estado de la población relativa a las causas permanentes o accidentales de insalubridad que se observen en el suelo que ocupe la misma población y su término, en especial respecto a las aguas corrientes o estancadas y a los sitios donde hubiere materias animales o vegetales en estado de putrefacción.

    Examinar las causas de insalubridad que existan en la misma población respecto a las habitaciones, a los edificios donde se reúna gran número de individuos, como cuarteles, cárceles, hospicios, hospitales, teatros, colegios, etc., a las fábricas y establecimientos fabriles y comerciales de toda especie, y a los mercados.

    Examinar e inspeccionar el estado de la policía sanitaria relativa a toda clase de sustancias alimenticias y de los establecimientos donde se sirvan al público comidas o bebidas.

    Reunir datos para adquirir conocimiento más exacto que sea posible sobre el estado de la hospitalidad común y domiciliaria respecto a los indigentes sanos y enfermos, y sobre la probabilidad de poder contar con suficientes recursos para la asistencia y curación de aquellos en casos extraordinarios.

    Examinar los hábitos o costumbres de la generalidad de los habitantes o de cualquiera de sus clases, hay algunos que puedan influir desventajosamente en la salud pública.

    La normativa publicada no escaseó, y en toda ella se puso especial énfasis en las precauciones higiénicas. Había que acabar con las causas parciales de insalubridad y para ello había que tener una continua vigilancia:

    Vigilar y mantener en buen estado las condiciones saludables de todos los establecimientos públicos y particulares en que, por la reunión de muchas personas, o por la falta de ventilación completa y constante pueda con facilidad viciarse el aire, como sucede en las iglesias, los hospitales, hospicios, casas de corrección, presidios, cárceles, cuarteles, escuelas o colegios, teatros, cafés o fondas.

    También había que cuidar escrupulosamente de las condiciones higiénicas que deben tener los cementerios, los mataderos, las carnicerías, los lavaderos públicos, los almacenes de pescados y de sus curtidos y cuerdas de tripa, las tenerías, las pollerías, los cebaderos de puercos, y en general los depósitos de severa policía sanitaria en los puertos y embarcaderos.

    Y algo importantísimo:

    Cuarto, impedir que vivan hacinados en reducidas habitaciones familias de pobres, de mozos de cuerda, aguadores, jornaleros, etc.

    La libre entrada del aire y su renovación es en todos los casos el medio mejor de oponerse a la sección de los miasmas epidémicos, por lo cual se cuidarán con el mayor esmero de remover todo lo posible los obstáculos que impidan la ventilación de las calles y de los edificios.

    Se han de limpiar, barrer y asear todos los lugares designados, no permitiendo en ellos depósitos de basuras, desperdicios de fábricas y demás objetos que alteren la composición del aire.

    Deberá usarse diaria, pero prudentemente, como medios de desinfección de las fumigaciones y ácidos minerales, y principalmente del gas del cloro, y aun mejor, de las aguas cloruradas en riego, aspersiones y evaporación.

    Las casas, establecimientos, fábricas y almacenes que a pesar de estos medios no fuesen susceptibles de mejora en las condiciones saludables que deben reunir para no perjudicar a sus moradores ni a los convecinos, se cerrarán inmediatamente que se manifieste la epidemia, y permanecerán así hasta su desaparición, pero no podrá adoptarse esta medida sino en virtud de un informe de la comisión permanente de salubridad, aprobado por la Junta respectiva de Sanidad, declarando que estas casas, establecimientos y fábricas no son susceptibles de mejoras en sus condiciones higiénicas.

    Las charcas, pantanos, balsas, abrevaderos y demás sitios en que haya agua estancada, se han de limpiar y desecar antes que empiece la epidemia. Unavez manifestadas, se llenarán estas charcas o estanques de la mayor cantidad de agua posible, con el objeto de disminuir los efluvios insalubres que ocasione el cieno o fango que hay en su fondo cuando se pone en contacto con el aire.

    Además, se deberían tener otras precauciones:

    Se limpiarán los arroyos que cruzan por el interior de las poblaciones, dando curso libre a sus aguas e impidiendo se arrojen en ellas materias de cualquier índole que puedan detener o impedir su salida.

    Se observará con rigor la policía sanitaria de las plazas y mercados, cuidando continuamente de la limpieza, no consintiendo la aglomeración de vendedores de sustancias que pueden sufrir alguna alteración, reconociendo diariamente los alimentos antes de expenderse al público, y prohibiendo desde la manifestación de la epidemia el uso de los pescados que no sean frescos, del bacalao mojado, de las frutas y legumbres no maduras de las carnes saladas y curtidas, de los embutidos, de los vinos irritantes y acerbos, y en general de todo alimento que se repute nocivo a la salud.

    Se insiste en que se evite, en la medida de lo posible, la aglomeración de familias e individuos, durante reine la epidemia, en habitaciones estrechas poco ventiladas, procurando gratuitamente a las clases menesterosas los medios de desinfección y locales en que puedan vivir con las condiciones necesarias de salubridad, siempre que la población lo permita.

    Y, finalmente, se recomendaba la calma:

    Conviene inculcar a todos, la importancia de la tranquilidad de ánimo, de la limpieza, de la sobriedad, de no usar más que alimentos nutritivos y de fácil digestión, de vestir con abrigo, preservando el cuerpo, y señaladamente, el vientre, de la acción del frío, y evitando siempre las transiciones repentinas de la temperatura, dirigiéndoles además consuelos y exhortaciones para que se resigne con los estragos de semejante plaga.

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