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Miguel de Cervantes encontró el Camino de la Lana

El Doctor en Historia y Cronista Oficial de la ciudad de Cuenca, Miguel Romero relata el peregrinar de Miguel de Cervantes hasta la Sierra de Cuenca por el casamiento de su hija

18/8/2020 - Miguel Romero
18/8/2020 - Miguel Romero
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  • Cuando Miguel de Cervantes ideó el casamiento de su hija Isabel con el conquense Luis de Molina, vecino de Madrid, empresario de renombre, nunca imaginaba que tendría que visitar la Sierra de Cuenca por ocupar vecindad su hija, yerno y nieta en el paraje de la Herrería de Santa Cristina, término de Carrascosa de la Sierra, Tierras de Beteta.

    Pero el destino y la propia vida suelen depararte sorpresas y en esta ocasión, el escritor alcalaíno, no dudó ni un momento, en coger su mochila y buscando modo de viaje, recorrer los caminos de Postas que comunicaban La Mancha, de donde hizo sentir Tierra a Alonso Quijano, creando su Quijote universal, con Aragón y Cataluña, lugares que siempre admiró para que sus personajes quijotescos llevasen a cabo andanzas de postín.

    Miguel de Cervantes
    Miguel de Cervantes

    Pero, ese mismo destino que es caprichoso, le llevó también a conocer la Ruta de la Lana, un camino que intentaba conectar la tierra de buenos ganados conquenses y albaceteños (Sierra de la Alcudia y Tierras de Jaén) con el puerto franco de Burgos, lugar clave como centro textil de la Castilla lanera, pasando por nuestra Tierra de Cuenca. Y tal cual, su puso en marcha por los caminos manchegos que, desde Alcázar de San Juan, El Toboso, Mota del Cuervo y alguno más, subió hacia arriba buscando hallar a su nieta Ana, a la que tanto quería, y una vez que pasó los Baños de Valdeganga, donde antaño luciese cuerpo la emperatriz Eugenia de Montijo, se encontró gente que en carromatos de peso llevaban buenos fajos de lana merina hacia la altas Tierras de Burgos, capital comercial de Castilla.

    Y es que hay libros que dicen que desde Monteagudo de las Salinas -cerca de Almodóvar del Pinar-, sale ese Camino de la Lana conquense, guardando el especial sentido jacobeo de esta localidad, curiosa con su Castillo en la loma, casi redondo, ahora iluminado y que fuese propiedad de los Obispos de Cuenca, porque de allí partieron tres peregrinos hacia Compostela, Francisco Patiño, María de Francis y Sebastián de la Huerta, en cumplimiento de un Voto en la primavera de 1624, bella historia motivada en un viaje histórico.

    Por eso, cuando Miguel de Cervantes, en carromato de caballos, viajaba hacia la Sierra de Cuenca, cruzóse con esta comitiva y a bien tuvo, pararlos y charlar como en él era común. Cuando conoció el motivo y la ruta que ellos iban a llevar, se interesó mucho, porque no solo aparecía Noheda, cercana a Cuenca, sino Torralba, la tierra del nigromante Enrique de Villena, Albalate de las Nogueras donde te espera el Barranco de la Hocecilla, una vez que has dejado sus innumerables y rústicas cuevas de buen vino. Un bello paisaje de agrestes rocas moldeadas por el viento y la acción del agua, tras millones de años de erosión, que han formado este barranco, muy poco conocido, y que invita al viajero y caminante a disfrutar de su encanto y buscar su paz interior en el silencio de la naturaleza, respirando la pureza de su aire y el agradable olor de infinidad de plantas aromáticas,(tomillo, romero, espliego, etc.), propias de la Alcarria conquense, así como sus frondosos pinares de novísima creación.

    Volviéndonos desde esa hoz a la vega del río Trabaque, siguiendo la Cañada Real hacia el Sur hasta llegar al río, y continuar por sus riberas subimos nuevamente hasta la propia localidad, para saborear un buen almuerzo o merienda en sus cuevas de La Tercia, ó del Carril, o una buena comida en el Restaurante “La Olmilla” o tomarnos luego un merecido descanso en la casa Rural “El Museo.”

    Eugenia de Montijo
    Eugenia de Montijo

    Y sigue la Ruta, la misma que ideara en el siglo XVI el Repertorio de Alonso de Meneses, aunque Miguel de Cervantes, tomase una sabia decisión al quererlo conocer como así hizo y que casi a tiro de piedra, sabiendo que estaba la bella localidad de Priego, capital de la Alcarria, quiso acercarse para cruzar su arco de la muralla, ver su Casa de la Inquisición y pasear por entre ese entramado de buenas casas que conforman un lugar de encanto. Entre el amplio patrimonio histórico-cultural de Priego, destacan el edificio en el que se emplaza el ayuntamiento, un antiguo Palacio renacentista que data del siglo XVI; el Torreón de Despeñaperros, la única fortaleza árabe que queda en el pueblo; la iglesia de San Nicolás de Bari, un gran edificio gótico tardío del siglo XVI; el convento del Rosal, un convento concepcionista del siglo XVII; y el convento de San Miguel, otro convento del siglo XVII situado en la falda de la montaña que compone el estrecho de Priego. También en este lugar dicen que hay buena cerámica y que se come muy bien.

    A este último me quiero referir, porque ahí -un poco a traspiés de la Ruta de la Lana anteriormente citada-, pero no tan lejana, Miguel de Cervantes supo que en ese Convento de San Miguel, algo más podía encontrar. Y así fue, porque Priego obtuvo el título de ciudad en el año 1440 de mano del rey Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica y un descendiente llamado don Pedro Carrillo, fue halconero mayor de este rey, además de ser su cronista.

    El séptimo conde de Priego, Fernando Carrillo de Mendoza y Villarreal fue embajador del rey Felipe II en Portugal, además de mayordomo mayor de Juan de Austria durante su minoría de edad. Con él estuvo además en la batalla de Lepanto donde se obtuvo la victoria, Fernando fue el encargado de llevar la noticia al papa Pío V que le otorgó al conde un cuadro de la Virgen de las Angustias y a su ciudad Priego el privilegio de la Procesión de las Reverencias el Domingo de Resurrección.

    Albalate de las Nogueras
    Albalate de las Nogueras

    Y lo que el bueno del novelista don Miguel de Cervantes halló -de ahí su interés por llegar a este lugarfue a su antiguo y conocido compañero de viaje y fatigas, Fernando Carrillo de Mendoza, con el que combatiese en Lepanto, lugar que nunca olvidaría el Cervantino por eso de perder uno de sus brazos y quedar para siempre con el sobrenombre de “El Manco de Lepanto”. Con él charló, comió suculentos manjares y anduvo por aquel bellísimo lugar enclavado en lo alto de una Hoz de Priego, paraje indescriptible que todo ser humano debería de conocer.

    Y es que desde su inicio y hasta el camino que te lleva a Cañamares, es una propuesta bellísima en el entorno del río Escabas que discurre por esa brusca hoz y proporciona en sus márgenes un bello bosque de galería, paraje que ahora en tiempos nuevos, forma parte esencia en la Red Natura 2000 y en la Zona de Especial Protección para las Aves ZEPA de la Serranía de Cuenca.

    Cuando Cervantes estuvo en ese convento que recibió el nombre de San Miguel, como advocación por haber sido el día de la victoria ante los turcos, había monjes y el conde bien se los presentó. Desde allí, vieron como la Cruz de la Degollá te divisaba entre parajes y senderos dignos de recorrer. Sin embargo ahora es otro momento y si Cervantes no pudo verlo, sí que nosotros podemos recorrer esos puentes tibetanos que se han acondicionado en la Vía Ferrata de las Hoces de Priego, incluso en la otra cara como Vía Ferrata de las Buitreras, sin olvidar su puente romano, ahora restaurado en su calzada y que ilumina la civilización que tanta huella dejase en España.

    Convento de San Miguel de las Victorias, Priego. Foto: Descubre Cuenca
    Convento de San Miguel de las Victorias, Priego. Foto: Descubre Cuenca

    De Priego uno puede caminar en muchas dirección: por un lado, hacia Cañamares cruzando esa bella Hoz, bañándote en su playa artificial que genera el río antes de llegar a las mimbreras y desde allí puedes decidir: o bien, a Cañizares cruzando el Monsaete y dejando al lado, ese camino a la Herrería de Santa Cristina donde habitase su hija y nieta o a Fuertescusa, Serranía Alta, llena de pureza y sintonía natural. Pero la alternativa sigue, porque desde Priego podrías ir hacia el otro lado, hacia Albendea cruzando las ruinas del convento del Rosal y así, Alcantud -famoso por sus bañosy sobre todo, la bella localidad de Valdeolivas, capital del Infantado. ¡Qué iglesia románica de la Asunción y su bella torre de tres cuerpos de ventanales y otro de base¡, o la plaza porticada, la casa de los Sánchez, el Ayuntamiento o los molinos de las Eras Bajas. Bella localidad, capital del olivo. Ya nos hemos salido de la Ruta jaobea, pero sin duda, merece y mucho la pena, llegar hasta ella y visitarla.

    Hemos desviado un poco la Ruta de la Lana, la que descubrió Miguel de Cervantes y que nos llevaría por Atienza a Burgos, cruzando parajes alcarreños y amesetados de la Castilla Alta. Sin embargo, ha merecido la pena, porque todos estos lugares conquenses que no son muy conocidos por el viajero, deberían ser atendidos en un Turismo Rural de alto nivel, donde el agua de sus ríos, sea el Escabas, el Trabaque, el Guadiela, incluso sin alejarnos mucho el Júcar y Tajo, nos muestran maravillosos espacios naturales con la Sierra de Umbría al norte, la Sierra de Altomira en el límite meridional y al este con la Sierra de Bascuñana. Todo un lujo para el visitantes, para el conquense que no ha tenido la suerte de caminar por aquí o para la historia, la que escribiera ese Miguel de Cervantes cuando buscando a su familia, encontró ese Camino de la Lana conquense.

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