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Robos en los estancos en el siglo XIX: el caso del estanquillo de Valparaíso de Arriba

La Directora del Archivo Histórico de Cuenca, Mª de la Almudena Serrano Mota, nos vuelve a deleitar con un capítulo de la amplia y variopinta historia de Cuenca. En esta ocasión, relata cómo los robos en los estancos del siglo XIX eran una constante, como sucedió en Valparaíso de Arriba.

15/2/2022 - Mª de la Almudena Serrano Mota
15/2/2022 - Mª de la Almudena Serrano Mota
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  • Los robos de bienes en los estancos, tabaco y dinero, fundamentalmente, han sido una constante desde que existen en España. Las rentas estancadas fueron monopolios fiscales que consistían en que el Estado tenía la fabricación y venta exclusiva de algunos artículos, como el tabaco, renta que fue creada mediante Real Cédula de 28 de diciembre de 1636.

    Las rentas estancadas proporcionaban abundancia de ingresos, destacando, especialmente, la Renta del Tabaco. Hay que tener en cuenta que una parte muy importante de la financiación del Estado llegó, durante varios siglos, de los dineros del tabaco. Los regentes de los estancos eran, realmente, dependientes de la Real Hacienda, y los pleitos que pudieran surgir se solventaban desde la jurisdicción de Hacienda. Además, tenían derecho de llevar armas, ofensivas y defensivas (menos las que tenían la consideración de prohibidas). Para desempeñar el trabajo necesitaban la licencia que concedían los Subdelegados de Rentas. Como vemos, Hacienda actuaba para ‘defender’ a sus empleados, porque éstos eran los que garantizaban la correcta recaudación de aquellas importantes rentas.

    Por otro lado, los conductores que trabajaban para las Rentas públicas, ya fueran los que transportaban los tabacos, ya presos o los dineros, estaban exentos del pago de los derechos de paso, añadiéndose a esto otro aspecto muy importante porque tenían derecho a ser alojados, del mismo modo que se daba techo y alimento a las tropas:

    En los pueblos en que no haya posada para el preciso descanso de sus personas y caballos y para la custodia de los efectos que conduzcan, así como reos, persona o animales enfermos.

    Disfrutaron, además, de otros privilegios en lo que a exenciones tributarias y militares se refiere.

    Abordemos, ahora, el caso elegido para ilustrar situaciones que no fueron aisladas, puesto que los robos en los estancos, lugares apetecibles para los ávidos de dinero y tabaco, fueron el blanco perfecto.

    En el año 1840, se inició expediente a instancia de Juan García, estanquero de Valparaíso de Arriba, sobre el robo cometido por cuatro hombres en el estanco que regenta y el maltrato a su mujer, Micaela Martínez.

    Esta fue la instancia que presentó el afectado ante el Alcalde de Valparaíso de Arriba:

    Juan García, vecino de esta villa de Valparaíso de Arriba, ante su merced, como más aya lugar, comparezco y digo: que siendo notorio allarme como me allo, con el puesto público del estanquillo nacional, en su desempeño en este pueblo, lo es también el caso ocurrido, ymprobisto, en la casa de mi abitación, en la noche del 16 pasado mes de junio, pues siendo como la ora de la una, cuatro hombres desconocidos saltearon mi casa, rompiéndola por una puerta (como se dice) falsa, robándome varios efectos, y entre ellos, cinco libras de cigarritos, las tres en especia y las dos en metálico, atropellando mi conjunta persona (su mujer) hiriéndola en el pecho, y verter porción de sangre por las narices. Y combiniendo a mi derecho su justificación para el abono de lo robado por corresponder a la Hacienda Pública.

    A vuestra merced suplico, tenga a bien su admisión, justamente que ymploro de su recto proceder, cuya vida para ello dilate Dios muchos años.

    Ante estos hechos, el estanquero atacado debía presentar varios testigos, con el fin de que la Administración de Rentas tuviera la información más completa posible para resolver a favor o en contra del estanquero. Así, Valentín Agudo, uno de los testigos declaró ante Julián Serrano, el Alcalde, prestando, en primer lugar, juramento por Dios Nuestro Señor y a una señal de cruz que el susodicho testigo hizo y bajo del cual ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado.

    Que es cierto cuanto se expresa por el Juan García, pues allándose su merced en aquella ora ausente del pueblo, y ser regidor decano el que declara, por Eusebia Martínez le fue enterado en la semana del 17 cómo abían robado y maltratado a Micaela Martínez, muger de Juan García, a lo que depone se presentó en dicha casa y en efecto le vio verter porción de sangre por las narices, y quejarse del pecho espresando que le abían dado un grande golpe uno de los cuatro ladrones que por la puerta falsa abían entrado y se abían llebado todo el tabaco y dineros que de él tenía, sin que pudiese conocer a ninguno de ellos, sólo sí que le parecía que tenían boynas, a lo que el declarante pasó a la puerta falsa y la alló en el suelo, abiéndola desquicialado, adbirtiendo también en el cuarto de su abitación varios efectos de ropas fuera de las arcas, tiradas, y trigo, y alguna cevada derramada por los suelos. Y el que depone dio abiso al cirujano sangrador por si fuese necesario su curación, que es cuanto puede declarar en razón de la verdad y bajo del juramento que prestado tiene, en el que como en esta su deposición se afirma.

    Una vez que los testigos declaraban, la Administración de Rentas tenía que comprobar el estado de las existencias del estanco y las cuentas, todo ello encaminado a hacerse cargo de las pérdidas ocurridas en el ataque y ratería.

    Según la Cuenta de los caudales presentada por el regente del estanquillo, la última entrega que precedió al robo, además del consumo diario por la base es el de cuatro cigarros mistos y veinte y cuatro cigarros comunes.

    La cuenta por cinco libras de cigarros mistos era de 24 reales la libra, siendo el total de lo robado 120 reales. Así resulta de los libros de esta Administración, de lo que certifico. El encargado de este estanco tiene hechas mensualmente las entregas de caudales oportunas.

    El precedente expediente se halla instruido legalmente y justificada la estracción, faltando únicamente que el interesado reintegre el papel de oficio que se ha invertido con el del sello 4º, según se le prevenía en Decreto de 28 de marzo último.

    Tres años después, el 13 de agosto de 1843, se respondió que no estando suficientemente probado el robo de efectos estancados que se supone en este expediente, la Junta de Gefes ha declarado no haber lugar al abono de su importe, de ciento veinte reales, y que se pase a la Administración de la provincia para que disponga realizar su cobro en un breve término.

    Es decir, que el estanquero debía pagar el importe de lo que él alegó que le habían robado. Aún pasaron dos años más, hasta que pudo satisfacer a las arcas públicas aquellos 120 reales: el 18 de septiembre de 1845 pagó dicho importe.

    Este caso es uno de los muchos que sucedieron en la provincia de Cuenca, sobre todo, en aquellos años del siglo XIX, en períodos de guerras o entreguerras, donde la necesidad de dinero y tabaco se veía satisfecha atacando y atracando los estancos, y, en algunos casos, hiriendo a las personas que encontraban en ellos. Fue una época propicia, también, para simular el robo de estancos, de ahí que Hacienda lo comprobase todo con extrema minuciosidad.

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