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Los últimos toques de campanas en el siglo XIX

La directora del Archivo Histórico de Cuenca, Mª de la Almudena Serrano Mota, nos vuelve a acercar un poco más a la historia de nuestra provincia, esta vez hablándonos de las campañas, de las distintas funciones que ha tenido -además de servirnos como indicadoras de la hora- y del paso de propietarios que han tenido.

22/5/2021 - Mª de la Almudena Serrano
22/5/2021 - Mª de la Almudena Serrano
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  • El uso de las campanas en numerosos edificios, destinados a usos civiles y religiosos, tiene siglos de antigüedad. Los lugares más apropiados para sus fines fueron las torres de ayuntamientos o iglesias.La principal utilidad de las campanas fue servir como indicadoras de las horas, aunque existieran relojes desde tiempos remotos, lógicamente, no de uso generalizado ni individual, algo que comenzó a ser así a partir del siglo XIV, cuando los relojes de pesas comenzaron a usarse por toda Europa, expandiéndose con gran rapidez. Pero las campanas no dejaron de ejercer su función horaria, hasta hoy. El mediodía venía marcado por el toque de campanas del Ángelus.

    Además, las campanas se usaban para tocar a reunión. Para resolver asuntos importantes, frailes y monjas se reunían a campana tañida, como lo tenemos de uso e de costumbre… La música de campana, por supuesto, orientaba y orienta sobre otras actividades religiosas.

    Las alertas de algún peligro, por ejemplo, en caso de incendios, se hacían a toque de campana.

    Este uso continuado durante siglos tuvo fin en el siglo XIX para la mayoría de ellas, en España. Desde el año 1836, innumerables campanas dejaron de sonar para siempre. El motivo fue que, suprimidos los conventos, monasterios y otras instituciones, todo lo que en ellos había susceptible de poder ser vendido, fue ofrecido al mejor postor. Y el metal de las campanas se podía utilizar para emplearlo, por ejemplo, en munición.

    La Junta Superior de Enajenación de edificios se encargó de administrar las ventas de aquellos bienes. El 1 de septiembre de 1837, se publicó una Instrucción que definía los cometidos asignados a aquella Junta. En el artículo II se consideraban seis ramos de actuación: Venta y demolición de conventos suprimidos, gestión de sus muebles y efectos, entre los que se contaban las ahajas y las campanas.

    El capítulo VIII se dedicó al destino de las campanas de los conventos suprimidos, estableciéndose que, mientras no se determinase definitivamente el destino de aquellas campanas, se conservarían a disposición del Gobierno.

    Finalmente, se determinó la venta, según Circular de Hacienda de 15 de septiembre de 1837. Para facilitar su venta, había que despojarlas de la madera y el hierro que tuvieran:

    Las campanas se desojarán de su hierro y madera para hacer más fácil y menos costoso su transporte.

    Los anuncios de la venta de las campanas se publicaron en los Boletines Oficiales de cada provincia de España. Las campanas de cada provincia se tenían que entregar a los compradores o a sus representantes para ser transportadas hasta los puertos de mar más cercanos. El transporte se hizo en carros, con varias caballerías, según el peso a llevar.

    Pero ¿quiénes fueron los encargados de descolgarlas de los campanarios? Según relación testimoniada del año 1838, de las copias de los comprobantes, los maestros albañiles fueron los encargados de apearlas de los campanarios, cobrando sus honorarios por ello.

    Según la información relativa a la provincia de Cuenca, conservada en nuestro Archivo Histórico, sabemos cuántas campanas hubo en hospicios, hospitales, conventos, monasterios o ermitas, porque había que contabilizarlas para su venta, y para determinar lo que había que pagar a los transportistas, y saber las arrobas que pesaban, con el fin de usar los carros apropiados en su trasporte.

    Veamos algunos ejemplos elegidos para ilustrar estas líneas:

    - En el Hospicio de san Isidro, de Gascueña, se quitó una campana, que pesaba 10 arrobas, y se hizo 12 pedazos.

    - De Huete se llevaron, en un primer momento, 14 campanas, en 6 carros, con dos pares de mula cada una. Cada carro se reguló para transportar 40 arrobas.

    - En Uclés, en un primer traslado, se portaron 6 campanas, como de 156 arrobas procedentes de los Carmelitas descalzos y religiosas dominicas de dicha villa.

    - Desde Villarejo de Fuentes salieron dos campanas procedentes del convento de religiosas franciscas, su peso como de ocho arrobas y una arroba más de hierro que traen en dos caballerías mayores.

    - Del que fue convento de Franciscanos de Belmonte se sacaron 4 campanas su peso, como de 48 a 50 arrobas. Del convento de Carmelitas del Cambrón, dos campanas.

    - El convento de Franciscanos Observantes de San Lorenzo de la Parrilla tenía 3 campanas que pesaron 50 arrobas.

    - De Villaescusa de Haro salieron 4 campanas procedentes de los ex conventos de Dominicos y Justinianas, que pesaron unas 58 arrobas.

    - En Castillo de Garcimuñoz hubo convento de Agustinos y Agustinas, y de ellos salieron 6 campanas, su peso como de 21 arrobas y cuatro arrobas de hierro.

    - En una primera operación, en la ciudad de Cuenca, se empleó un jornal de cuatro días con carro de dos mulas en el apeo y transporte a los conventos de San Felipe, san Agustín, Trinidad, San Francisco, San Pablo, la Merced, el Carmen, las Bernardas, Jesuitas y Descalzos.

    - Y en Valera de Abajo, para el porte, se emplearon 3 caballerías mayores, de una campana, su peso 18 arrobas y media, y dos y media de hierro de su cavecera, procedente del convento de Franciscos de la misma.

    - El secretario del Juzgado de Villanueva de la Jara certificó cómo a consecuencia de orden comisionada por el Comisionado por la Junta Diocesana de la provincia, se procedió al apeo de las campanas de los suprimidos conventos de esta villa y de otras

    Y se autorizó a los encargados de los efectos correspondientes a los conventos suprimidos de san Francisco y el Carmen de esta villa franqueen las respectivas llaves de dichos conventos.

    El escrito de María Severa de Jesús

    El 3 de marzo de 1938, sor María Severa de Jesús, abadesa del convento de Angélicas de Cuenca, escribió para que no se les privase de las campanas: Que les es notorio que por varias razonables causas que hicieron presente a su Excelentísima, la Diputación provincial e igualmente a la Junta Diocesana de regulares de la misma, han tenido a bien acordar su restitución o traslación al convento que era de su instituto, con el servicio del culto público y privado de la iglesia que le era propia.

    En este concepto, no pudiendo dudar vuestras señorías que este no puede prestarse sin el uso de campanas, de las que solo tienen dos, una mayor, pero muy mediana en su hechura, que sirve para la advocación de los fieles, que es bien sabido concurren en gran número por la buena proporción en que para ello está situada dicha iglesia, y otra pequeña que sirve para el uso de su coro. En cuya atención suplican les concedan su uso, como ya destinado al servicio de Dios y su culto, por la razón indicada. Favor que esperan de su bondad y religioso corazón.

    Los frailes Agustinos de Campillo de Altobuey informaron de esto a la Junta de enajenación de edificios, enterados de la orden relativa a que se conduzcan a esa capital las dos campanas que se hallan en la ermita unida al edificio del suprimido convento de Agustinos de esta villa, en cuya virtud, enterados los exponentes de la procedencia de dichas campanas, deben manifestar, sin perjuicio del ciego obedecimiento y cumplimiento a las órdenes superiores, que dichas campanas no deben contarse como Bienes Nacionales, mediante ser una propiedad y pertenencia de esta villa y su ermita de Nuestra Señora de la Loma, que de tiempo inmemorial se venera en dicha ermita, que cuenta algunos siglos de antigüedad, más que el extinguido convento…

    Los encargados de aquellos trabajos debían formar inventario de todo lo que había en aquellos edificios y decir qué campanas son las que hay inventariadas respectivamente para el apeo (retirada) de ellas.

    El 20 de mayo de 1838, el alcalde de Carboneras de Guadazaón dio cuenta de las campanas que se enviaron del convento de Dominicos:

    Se envían las dos campanas que pertenecieron a este suprimido convento, cuyo peso será de treinta y seis arrobas, al poco más o menos. También se remiten cinco arrobas y diez libras de hierro que tenían. La tardanza en la conducción la ha motivado el tiempo lluvioso de estos últimos días…

    Como se indicó, los transportistas debían llevar las campanas a las ciudades con puerto de mar más cercanas. En el caso de Cuenca se llevaron a Valencia y Alicante.

    Sabemos que, en total, y en un primer momento, se cargaron 566 arrobas del metal de campanas que se entregaron al carretero que las debía conducir hasta el puerto de Alicante. Por otra parte, se trasladaron 74 arrobas y 10 libras a la ciudad de Valencia. En uno de los recibos firmado por uno de los transportistas, el 24 de mayo de 1838, se señalaba esto:

    Quedo entregado de las trescientas una arrobas y quince libras de metal de las campanas existentes en el depósito de esta ciudad, procedentes de los conventos suprimidos de esta provincia, que he recibido del señor Leopoldo de Urcullu, vocal de la Junta de enajenación de edificios y efectos de la misma, para la conducción, sin mi responsabilidad, al puerto de Alicante, bien por robos o por otro accidente previsto o imprevisto, para entregar (…) va en dos carros con el peso de cada uno que al margen se expresa.

    Así, poco a poco, fueron dejando de sonar cientos de campanas en Cuenca, y miles en toda España, descolgadas de sus campanarios, cargadas en carros tirados por caballerías, recorriendo los caminos que las llevaron a los puertos de mar para ser transportadas y reducidas a metal con diversos fines, entre otros, para hacer balas de diferente calibre.

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