Síguenos:
Edición digital

Imagen principal de la noticia

La Casa de la Sirena

Si debemos destacar algo de Cuenca es, sin duda, sus Casas Colgadas. Desde la Plaza de Obispo Valero, llegamos hasta el postigo de Santa María y al pasarlo encontramos una de estas viviendas que encierra una historia con dos versiones. Alberto M.Rodríguez y sus Misterios de Cuenca nos desvela los sucesos que hay tras un canto de sirena que, dicen que hoy en día, todavía puede escucharse...

28/10/2020 - Alberto M. Rodríguez
28/10/2020 - Alberto M. Rodríguez
  • PUBLICIDAD Netvoluciona
  • Juicio a los luteranos.

    En Cuenca, como en casi toda España, se realizaron muchos procesos inquisitoriales, la Santa Inquisición destacó en la localidad debido a sus juicios contra los luteranos. Nuestra historia empieza con uno de estos ajusticiamientos, concretamente el del luterano Pedro de Avellaneda. Este reo fue separado del resto de presos para que no pudiera inculcar sus ideales y religión a los demás. Fue encerrado en una de las Casas Colgadas, en la que se hallaba una pequeña celda con una ventana. En la casa contigua vivía el Canónigo conquense Gabriel de Cañamares. Con él vivía su sobrina, que tenía una doncella morisca, encargada de su cuidado y servidumbre.

    La celda del luterano y la vivienda del canónigo se conectaban de forma visual a través de las ventanas. Pedro aprovechó estas ventanas para enviar cartas de amor y poesías a la doncella morisca del canónigo. Poco a poco se enamoraron, con la simple comunicación entre ellos, desde una ventana a la otra. Sin embargo, un día mientras Pedro enviaba uno de sus poemas a su amada, un guardia, haciendo la ronda, los descubrió desde la parte inferior del postigo. Con la interceptación del soldado, a Pedro lo sacaron de Cuenca y lo llevaron preso a Toledo, nunca más se supo de él. La doncella quedó triste por la falta de su amor. Los gritos de pena y de tristeza por su amado eran insoportables. Tal era su tristeza que murió de pena. Pero los llantos de amor perduraron en el tiempo ¿hasta nuestros días?...

    Guerra por el trono.

    Estamos en pleno siglo XIV, los hermanos Trastámara están en guerra por el trono de Castilla, Enrique y Pedro se odian a muerte y ambos desean ser el nuevo rey. La ciudad y población de Cuenca apoya a Enrique en sus guerras, por lo que éste decide visitar la ciudad en señal de agradecimiento por su apoyo. Durante su estancia se fija en una mujer preciosa: Catalina. La desea a toda costa y no duda en cortejarla, sin embargo, ella no parece sentir lo mismo. Enrique realiza entonces un acuerdo con el padre de la chica: a cambio de la mano de su hija, no les faltará nunca el dinero ni los alimentos.

    Enrique se acomoda por un tiempo en Cuenca y viviendo junto a Catalina en una de estas Casas Colgadas, ella se queda embarazada de un varón. Pero debido a las guerras contra Pedro el Cruel, Enrique debe partir a la batalla y para que Catalina no huya con su hijo, los encierra a ambos en la casa. Enrique mata a su hermano en la Batalla de Montiel y se proclama Rey de Castilla. Con el paso de los meses se casa con Juana de Villena, matrimonio del cual obtienen dos hijas y un varón y se olvida de Cuenca y de su bastardo.

    El canto de la sirena.

    Las crónicas cuentan que Enrique era una persona muy supersticiosa, creía en todo tipo de rituales y practicas exotéricas. Una de sus prácticas más habituales era la de visitar adivinos y uno de éstos le dijo que tenía las manos manchadas de sangre de su hermano, que ese acto que cometió le seguiría de por vida y que el suceso se podría repetir con el futuro rey de Castilla, su hijo Juan I. Enrique recordó a Catalina y a su bastardo y con prisa viajó a Cuenca para encontrar al hermanastro que podría acabar con la vida de Juan I, su hijo. Cuando encontraron a la mujer y al niño, que se llamaba Gonzalo, los hombres del Rey se lo arrebataron y lo mataron. La profecía ya no podría cumplirse y su hijo sería el único heredero del reino.

    Catalina quedó desolada y durante muchas noches se asomaba a la ventana para llorar y gritar el nombre de su hijo. En uno de estos momentos de pena, Catalina se lanzó desde las Casas Colgadas hacia los acantilados del Huécar terminando así con su pena. Los vecinos decían que el llanto de la mujer se parecía al canto de una sirena. La leyenda nos cuenta que hoy en día, esos llantos aún se pueden escuchar en las hoces del Huécar.

    Síguenos en:

    Utilizamos cookies propias y de terceros para analizar la navegación, mejorando así su experiencia y nuestros servicios.

    Saber más Aceptar