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Fotografía de Sara Ayllón
Fotografía de Sara Ayllón

Alfileres de pasión

Nuestra colaboradora Lucía Álvaro Burgos nos recuerda la importancia de la labor de las camareras en la Semana Santa; su delicadeza, dedicación y devoción hacen que sean imprescindibles para que todo salga perfecto

Actualizado: 1/3/2021 21:28 - Lucía Álvaro Burgos
Actualizado: 1/3/2021 21:28 - Lucía Álvaro Burgos

Cada Semana Santa, los alfileres cogen los recuerdos de los que estamos y los que se han ido y se extiende un manto de tradición, adornado con bordados repletos de historia. Tras las manos que ponen cíngulos y sayas con mimo, tras las manos que envuelven a nuestras imágenes con el perfume y los colores embriagadores de las flores que las visten cada primavera, hay una persona que las cuida durante todo el año, que las arregla con el mismo mimo y las acompaña cuando están mas solas, para aliviar la pena de su espera a la semana sacra.

En esta ocasión, mezclamos dos visiones, de pasado y presente, para proyectarnos hacia el futuro. Guadalupe Fernández Palomo ahondará en los recuerdos de los veintitrés años que ejerció como camarera de Nuestra Señora de la Soledad (vulgo de San Agustín) junto a su difunta hermana Gloria Fernández Palomo; mientras que Aurora Garrote Armero, actual camarera de esta misma imagen desde hace casi una veintena, nos ofrecerá una perspectiva más actual pero igualmente llena de fe y devoción.

La labor de una camarera o un vestidor va más allá de poner alfileres o de colocar vestiduras, Aurora Garrote afirma que “la labor de camarera, en Cuenca, conlleva tradicionalmente muchas funciones: la conservación del ajuar de las imágenes, mantenimiento, limpieza y ornamento de la capilla y, especialmente, en las imágenes de vestir, la compostura para cultos, para la procesión y su veneración durante todo el año. Realmente es una labor que abarca todo el año, con más fuerza en Semana Santa (porque tiene más proyección), y una responsabilidad que conlleva una fuerte y continua implicación, además de la búsqueda de pequeñas innovaciones en la presentación de las imágenes, respetando siempre las formas dadas por la tradición de la hermandad. Y comporta, en consecuencia, trabajo, y mucho”. Guadalupe reafirma las labores que Aurora comenta, pero añade: “debido al momento en que nosotras comenzamos nuestra labor, el ajuar de la Virgen era prácticamente inexistente, por lo que, además de las funciones habituales de una camarera, nosotras cosíamos piezas como sabanillas de altar e incluso enaguas que llevaba la propia Virgen; aunque la gente piense que la labor de camarera se reduce a mantener en perfectas condiciones las imágenes, es un trabajo que requiere tiempo y dedicación”.

Arreglar una imagen requiere gran conocimiento tanto de las tradiciones de la hermandad como de la liturgia eclesiástica; las particularidades de estas, unidas a la riqueza cultural de nuestra tierra y, por ende, de nuestra Semana Santa, hacen que las decisiones más simples tengan un porqué con un peso histórico y cultural detrás. A la hora de vestir a las imágenes de las que Aurora es camarera, observa la propia idiosincrasia de la hermandad y de una tradición más sobria, menos barroca que en otros lugares. Durante sus años arreglando a la Virgen, Guadalupe trató de mantener la seña de identidad de Don Emilio Saiz, encargado de vestir a la imagen de la Soledad de San Agustín, entre otras, hasta que ellas comenzaron a hacerlo en 1975.

Son los camareros, camareras y vestidores, quienes arreglan las imágenes para que cuando más las necesitemos, cuando acudamos en busca de ayuda o consuelo, las encontremos siempre con el mismo esplendor que lo hacemos los días de Semana Santa. Son esos momentos de búsqueda, de encuentro y de soledad en los que ambas mujeres, tras más de una veintena de años como camareras, han vivido situaciones especiales que guardan consigo. Aurora recuerda emocionada como le colocaba a Nuestra Señora de la Soledad de San Agustín la mantilla con la que se casó (regalo de su abuela), o más recientemente, cuando la vistió a solas con su hija en el carro recién nacida. En contrapunto, Guadalupe recuerda íntimamente aquellos momentos de su vida especialmente difíciles, como la muerte de su padre en 1978; aquel año vistiendo a la Virgen en completo silencio, encontrándola cara a cara, sintió que la Soledad lloraba su pérdida.

Esos instantes especiales, son en parte los que hacen que valga la pena sufrir otros más tensos. Garrote siente que “estar a la altura y sobre todo, en la procesión, que no suceda nada que desluzca (la caída de algún elemento, una rotura, pues el movimiento y el viento hace que tenga que estar todo muy bien colocado)” es la peor parte de esta labor; mientras que Guadalupe señala lo difícil que es enfrentarse a que valoren el trabajo que se hace, porque en ocasiones hay críticas poco constructivas que son difíciles de afrontar y de digerir.

Escoger altruistamente el puesto de camarera, camarero o vestidor es algo que nace de dentro, sabiendo que serán tus manos las que soporten en parte el peso de nuestra historia, las que permitan que la tradición se perpetúe. Ambas mujeres coinciden en que escogieron la labor como un acto de entrega y de fe, que permite no solo perpetuar la Semana Santa y vivir la hermandad desde dentro, sino también hacer un acto de cristiandad para acercar la Iglesia a la gente y que vivan la fe a través de la tradición. Aurora señala “todos los trabajos previos al momento de vestir: elegir un tocado, pensar cómo colocar un mantolín, optar por un rosario o por otro…y ser consciente de que el colocar un elemento u otro, cuando han sido de donaciones de hermanos, conlleva muchas repercusiones en muchas familias” como la parte que más le gusta de la labor, mientras que Guadalupe afirma que “iniciar a los más pequeños en la vida de hermandad a través de la labor de las camareras, ayudándonos a llevar y traer cosas o a colocarlas era lo más gratificante, ver la ilusión en sus ojos te hacía pensar que lo que estábamos haciendo tenía el futuro asegurado”.

La labor de las camareras comenzaba tras la Guerra Civil, en una Semana Santa que renacía de sus cenizas. Nuestra imaginería, de la escuela castellana, es la de “las imágenes que no hablan, que gritan, gimen” (como decía Amalio Blanco Abarca en su pregón). Es en ese contexto, cuando la tarea de los camareros, camareras y vestidores comienza a cobrar la importancia que merece. Con relación al estilo con que se visten las imágenes, Aurora sentencia: “a mí me gusta vestir las imágenes con sobriedad, dentro del ornamento propio de la zona castellana; estilo como tal probablemente no hay, pero es cierto que nunca hemos caído en el barroquismo exagerado de otros lugares. Y reconozco que me gusta ver cómo se trabaja en este campo en otros lugares y que cojo ideas, pero no lo calco, intento adaptarlo a nuestra idiosincrasia (que la hay). Debemos mantener unos rasgos propios que definan a cada imagen o hermandad en y para Cuenca, nuestros, sin imitación.”

La labor de camareros, camareras y vestidores, es exaltar el dolor de la Madre, la sangre de Cristo y la agonía del apóstol amado, enriquecer aún más lo que ya tenemos en nuestra Semana Santa gracias a la gubia y el cincel de Marco Pérez o Coullaut Valera entre otros. Aurora comenta que, gracias a la labor de las camareras, se añaden ropajes o complementos que aumentan el patrimonio de la hermandad, idea que Guadalupe comparte afirmando: “las piezas que las imágenes llevan son, en esencia, obras de arte. Nosotras en su momento, al igual que ahora lo hace Aurora, siempre optamos por la calidad y lo artesanal, por las piezas con un valor especial a nivel material, sentimental y artístico”.

Perpetuar es sinónimo de abrazar el pasado, pero también lo es de mirar hacia el futuro, de vivir la fe y celebrar lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Este año sentiremos dolor, añoranza y nos asaltarán los recuerdos, pero gracias a la labor invisible de personas que, como ahora lo hace Aurora y antes lo hizo Guadalupe, personas que cuidan todo el año de nuestras imágenes, podremos acudir a la intimidad de los templos y las capillas para encontrar consuelo y pedir por los que estamos y por los que se han ido, pedir por escuchar de nuevo el retumbar de tambores y oler a cera e incienso. Este será un año de añoranza, pero también lo será de aprendizaje, de volver a empezar y de valorar a quienes cada año hacen posible que podamos soñar con la próxima Semana Santa.

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