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Fotos cedidas por el Chato (El Pelusa).
Fotos cedidas por el Chato (El Pelusa).

El Pelusa: cuando un negocio se convierte en una vida entera

Echamos la vista atrás para recordar uno de los bares míticos de Cuenca, un bar castizo y con personalidad única que ha sido testigo de infinidad de vivencias durante sus 45 años de vida. Desde Life!Cuenca charlamos con el Chato, que con nostalgia nos cuenta cómo en su propio negocio acabó encontrando su segunda familia.

12/6/2021 - Marta Gallego Cerezo
12/6/2021 - Marta Gallego Cerezo
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  • Verano, ferias y el Pelusa. Un trío que es digno del recuerdo: el verano, que está a punto de llegar; las ferias de San Julián, incluidos los toros que tanto anhelamos; y el Pelusa, quizá el único elemento de esta fórmula que no podremos volver a revivir. Pero los recuerdos se mantienen intactos.

    Hoy retrocedemos en el tiempo, simulamos que estamos en el mes de agosto y que quedan días para que comiencen -con su pregón de rigor- las fiestas en honor al patrón de Cuenca; son las 8 de la tarde y nos vamos al Pelusa a tomar una caña bien fría con una ración de calamares. Muy pocos no habrán tenido el placer, seguramente los más jóvenes.

    Allí nos encontramos con el Chato, o con cualquier miembro de su familia. Porque el éxito de este bar ha sido, sin duda, quienes han llevado las riendas durante sus 45 años de existencia. Una familia que se ha volcado en cuerpo y alma y que ha hecho de un negocio la otra familia que uno elige en la vida, la de la amistad. Y es que como cuenta Chato a Life!Cuenca, “hemos visto crecer a nuestros clientes, primero venían de solteros y al final, antes de cerrar, nos visitaban con sus nietos; hemos sido un bar de barrio pequeño, cercano, normal y corriente, que hemos compartido nuestro día a día con nuestros clientes, hemos reído, llorado, aconsejado; hemos prestado y nos han prestado… Y así ha sido nuestra vida”.

    Un bar no muy grande de tamaño pero muy grande de hospitalidad, que ha sido testigo de infinidad de vivencias. “Hemos puesto miles de kilos de raciones de calamares, una salvajada si hiciera las cuentas; y ni decir los barriles de cerveza, como poco uno al día, así que podemos hacer las cuentas, o mejor no”, ríe el Chato. Sin olvidar a todas las pandillas de amigos que pasaban las tardes los fines de semana, la clientela fija que nunca les fallaba, la peña de fútbol y de vaquillas, y un largo etcétera.

    Sus orígenes se remontan al año 1973, cuando la ciudad no llegaba más allá de la Plaza de Toros. Un buen día de marzo el padre de el Chato decide abrir el bar para dar sustento a su familia. Allí se vuelcan todos, por allí han pasado padres, hijos, sobrinos...hasta que cada uno de ellos se ha ido buscando su vida. Pero si alguno ha estado siempre al pie del cañón, desde el minuto uno hasta el último aliento de El Pelusa, ese ha sido Chato.

    Los inicios fueron lentos, sobre todo teniendo en cuenta que se estaba terminando de construir el barrio, pero luego todo fue viento en popa, años peores y años mejores, pero siempre con mucho trabajo y esfuerzo. Y sin quererlo -ni beberlo- se convirtieron en un sitio de referencia sobre todo en fechas señaladas como la Semana Santa, el verano y las Fiestas de San Julián y San Mateo, donde las cajas de botellines volaban y los barriles de cerveza se cambiaban cada dos por tres. Y las raciones, sobre todo las de calamares. También los famosos o toreros, que aprovechaban para tomarse una copa o un refresco antes de salir a la plaza.

    Pero el tiempo pasa, la hostelería es una profesión dedicada y muy sacrificada. Y llegó la hora de bajar la persiana para siempre, muy a pesar del Chato, dejando huérfanos de bar, sin casa, a muchos de los vecinos. “Llegó la hora de mi jubilación, la edad pesa y ya me costaba seguir el ritmo, piensa que eran entre 16 y 18 horas diarias, ya no tienes las mismas fuerzas, y aunque se me parte el alma, tuvimos que cerrar”.

    Un cambio, como reconoce Chato, que le ha costado mucho aceptar: “Me he ido adaptando, ahora ejerzo de abuelo y eso me distrae, pero me da pena, vivo al lado y paso todas las tardes por allí; me doy cuenta que al barrio le falta algo, ese letrero, esa luz pequeña que decía que estábamos ahí”, nos cuenta con nostalgia.

    Pena que no podamos volver, porque ahora ganas tenemos. Nos quedan los recuerdos, como el de la que escribe, que la primera vez que entró en El Pelusa fue, con 15 años, para ser co-protagonista de un spot publicitario que grabó la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para recordar que la edad mínima de consumo de alcohol pasaba de los 16 a los 18 años. Allí estaba el Chato.

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